Bien, sí señora, ya lo sé. No me riña usted mas.

D.ª Ire.

No es esto reñirte, hija mia, esto es aconsejarte. Porque como tú no tienes conocimiento para considerar el bien que se nos ha entrado por las puertas... Y lo atrasada que me coge, que yo no sé lo que hubiera sido de tu pobre madre... Siempre cayendo y levantando... Médicos, botica... Que se dejaba pedir aquel caribe de D. Bruno (Dios le haya coronado de gloria) los veinte y los treinta reales por cada papelillo de píldoras de coloquíntida y asafétida... Mira que un casamiento como el que vas á hacer, muy pocas le consiguen. Bien que á las oraciones de tus tias, que son unas bienaventuradas, debemos agradecer esta fortuna, y no á tus méritos ni á mi diligencia... ¿Qué dices?

D.ª Fca.

Yo nada, mamá.

D.ª Ire.

Pues nunca dices nada. ¡Válgame Dios, señor!... En hablándote de esto, no te ocurre nada que decir.

ESCENA III.

RITA, (Sale de la puerta del foro con luces y las pone encima de la mesa.) DOÑA IRENE, DOÑA FRANCISCA.

D.ª Ire.