Un cuarto de hora después, Pomerantzev, todo salpicado de hielo y de nieve, trabajaba enérgicamente con la pala, hundiéndola en el hielo, ya medio fundido y semejante a azúcar cande. El trabajo hacía entra en calor a Pomerantzev, que estaba fatigado y sudando; pero se sentía feliz y miraba con ojos encantados alrededor. El día primaveral sonreía. De los tejados, de los árboles, del muro, caían lentamente gotas de agua, que lo ennegrecían todo en torno. Se aspiraba el olor de la nieve derretida, del estiércol, los mil olores indefinibles de la primavera.
—¡Mire usted cómo trabajo!—gritaba Pomerantzev a la enfermera, una muchacha bajita, envuelta en una capa de pieles.
Estaba sentada en un banco, dando pataditas en el suelo para calentarse los pies, y vigilaba a los enfermos. La naricita se le había puesto encarnada a causa del frío.
—¡Muy bien, Georgi Timofeievich!—respondió con voz débil, sonriéndole afectuosamente—. Me gusta mucho verle a usted trabajar.
Pomerantzev no ignoraba que la enfermera estaba enamorada de él, y, aunque no podía corresponder a tal amor, respetaba sus sentimientos y procuraba no comprometer a la muchacha con cualquier imprudencia. Imaginábase que era una heroína que había abandonado a su opulenta y aristocrática familia para cuidar a los enfermos, aunque, en realidad, era una pobre huérfana sin parientes. Estaba seguro de que la cortejaban oficiales de la guardia imperial, y ella los rechazaba para consagrarse por entero a su deber penoso. Se mantenía con ella en una actitud particularmente respetuosa, la saludaba con extremada cortesía, la llevaba del brazo a la mesa y le enviaba en verano, con el guarda, ramos de flores; pero evitaba cuidadosamente el quedarse solo con ella, para no ponerla en una situación falsa.
A propósito de esta enfermera tenía frecuentes disputas con el enfermo Petrov, que la juzgaba de una manera harto distinta. Petrov afirmaba que era, como por lo demás lo eran todas las mujeres, perversa, embustera, incapaz de un sincero amor.
—Después de hablar con alguien—decía—, se burla de él. Hace un momento, por ejemplo—seguía diciéndole confidencialmente a Pomerantzev, acariciándose la larga barba—, hace un momento coqueteaba con usted y conmigo, y estoy seguro de que ahora se está burlando de nosotros, y, escondida detrás de la puerta, ¡está llamándonos imbéciles! ¡Está ahí, créame usted! Hasta juraría que está haciéndonos muecas. ¡Oh, conozco muy bien a esa maligna criatura!
—¡Se engaña usted! ¡Yo sí que la conozco!
—Pues está ahí, detrás de la puerta. La oigo. ¿Quiere usted que la sorprendamos?
Y los dos, cogidos de las manos, se acercaban lentamente, de puntillas, a la puerta. Petrov la abría bruscamente.