—¡Se ha escapado!—decía con tono triunfal—. Ha oído nuestra conversación y ha huido. ¡Oh, son el diablo! Es muy difícil sorprenderlas. Puede uno perseguirlas toda la vida sin tener buen éxito nunca.
Un día afirmó que la enfermera era la querida del guarda y había tenido con él un niño, a quien acababa de matar; le había ahogado con una almohada, y por la noche le había enterrado en el bosque. El sabía hasta el sitio donde el pobre niño estaba enterrado.
Pomerantzev, indignado al oír tales acusaciones, retrocedió unos cuantos pasos, tendió solemnemente la mano derecha y dijo con voz grave:
—¡Señor Petrov, es usted un monstruo! No volveré nunca a darle a usted la mano. Voy a pedir a nuestros compañeros que juzguen su conducta innoble.
Y, en efecto, dio al punto principio a la organización de un tribunal. Pero la tentativa fracasó. Cuando Pomerantzev hubo conseguido que todos los enfermos se sentasen en semicírculo, la señora de los cabellos sueltos propuso de repente que se jugase un rato al anillo, y no hubo ya tribunal posible.
Media hora después, Pomerantzev y Petrov charlaban amistosamente, como si nada hubiera ocurrido: habían olvidado por completo su desavenencia. Y hablaban, precisamente, de la enfermera y de su belleza; uno y otro estaban de acuerdo en que tal belleza existía; pero Pomerantzev afirmaba que era una belleza de ángel, mientras que Petrov sostenía que era una belleza de demonio. Luego Petrov habló largamente, en voz baja, de sus enemigos.
Tenía enemigos que habían jurado perderle. Con apariencia de informaciones financieras publicaban en los periódicos artículos en contra suya, llenos de calumnias y de insinuaciones; sostenían contra él una campaña persistente, por medio de carteles y de prospectos; le perseguían por todas partes en automóviles ruidosos; le acechaban detrás de los árboles. Habían sobornado a los hermanos de Petrov y a su anciana madre, que todos los días le echaba veneno en la comida, por lo que él no se atrevía a comer y estuvo a punto de morirse de hambre. Sí, eran poderosísimos sus enemigos, podían filtrarse al través de las piedras, de las paredes y de los árboles. Un día pasaba por el bosque, y un árbol se inclinó sobre su cabeza y tendió las ramas para estrangularle. Al levantarse por la mañana no estaba seguro de pertenecer por la noche al mundo de los vivos; al acostarse, no tenía ninguna certeza de que no le asesinarían durante la noche. Sus enemigos poseían el don de penetrar en su cuerpo; ocurría a menudo que su pierna o su brazo no le obedecían, paralizados por ellos. Podían también penetrar en su alma; con frecuencia, por la mañana, trataban de impulsarle al suicidio y le daban consejos sobre el mejor modo de realizarlo; una vez le habían aconsejado que rompiese un cristal de la ventana y con uno de los pedazos se cortase la arteria del brazo izquierdo por encima del codo. El doctor Chevirev no ignoraba que Petrov era perseguido por numerosos enemigos. La antevíspera, por la noche, había llegado a decirle:
—¡Es usted un hombre muy desgraciado, Petrov!
A Petrov le complació mucho oír aquellas palabras de verdad y de compasión, mucho más apreciables sabiendo, como sabía él perfectamente, que el doctor era un vulgar egoísta, un borracho y un libertino, que había fundado su clínica con el único objeto de explotar a los imbéciles. Era muy probable que el doctor fuese también cómplice de su madre y que sólo esperase el momento favorable para perderle. El domingo anterior Petrov había visto con sus propios ojos a su madre, que, escondida detrás de un árbol, miraba fijamente a su ventana; cuando le oyó gritar, se marchó corriendo. Era un hecho real, y, no obstante, el doctor afirmaba que no había nadie en el jardín. Pero él la había visto allí, detrás de aquel árbol, con su gorra de piel y sus terribles ojos fijos en la ventana.
Al contar todo esto a Pomerantzev, parecía lleno de un terror que apagaba su voz y se manifestaba también en la agitación de su barba. Ni siquiera advirtió la salida de Pomerantzev, y solo en su aposento, iba y venía con paso nervioso, se oprimía con desesperación la cabeza entre las manos, hablaba efusivamente y lloraba. Luego comenzó a amenazar con los puños cerrados a sus enemigos invisibles y a llorar aún más amargamente, con mayor desconsuelo. Algunos instantes después, como si se hubiera acordado de algo, se animó, y con los ojos brillantes se asomó a la ventana: acechaba a su madre. Permaneció asomado a la ventana una hora entera. Muchas veces creyó divisar detrás de la esquina la gorra de piel, los ojos terribles y el pálido rostro maternos. Se disponía ya a lanzar un grito de horror, cuando la visión desapareció. En torno se derretía la nieve, pesadas gotas de agua caían del tejado, de los árboles, del muro. El aire tibio, límpido, de la primavera envolvía el jardín. El día era claro, luminoso.