—¡Tonterías!

—Yo reconoceré a la mía por la voz: creo que no olvidaré sus gritos hasta el nacimiento de Jesucristo.

—Yo reconoceré a la mía por sus uñas.

—Y yo a la mía por el perfume delicioso de sus cabellos.

Pablo Emilio.—Y yo a la mía por la dulzura y la belleza de su alma. ¡Sí, señores romanos! Hoy empieza para nosotros una vida nueva. ¡Se acabó la soledad dolorosa! ¡Se acabaron las noches sin término, con sus malditos ruiseñores! ¡Váyanse al diablo ahora los ruiseñores y todos los demás pájaros!

El grueso romano.—Sí, ya es hora de comenzar una vida de familia.

(Entre las mujeres se oye una voz irónica: «¡Intentadlo sólo, y veréis!»)

—¡Silencio! Nos escuchan.

—¡Sí, ya es hora!

—Señores romanos, ¿quién será el primero?