(Una pausa. Nadie se mueve. Las mujeres prorrumpen en risitas irónicas.)

El grueso romano.—Yo me he reído ya bastante. Ahora les toca a los demás. ¡Tú, Pablo, anda!

—¡Qué monstruo! ¿No ves que la mía está durmiendo aún? Mira, allí, al lado de la piedra; es mi bonísima chiquilla.

Escipión.—De nuestra actitud indecisa e inquieta infiero, señores romanos, que ninguno de vosotros se atreve a acercarse solo a esas criaturas implacables. Voy a proponeros un plan...

El grueso romano.—¡Tiene un talento este Escipión!...

—He aquí cuál es mi plan: avancemos todos a una, ocultándonos uno tras otro y sin apresurarnos. Si no hemos tenido miedo de los maridos...

El grueso romano.—¡Lo de menos son los maridos!

(Entre las mujeres se oyen suspiros y llantos.)

—¡Silencio! Nos están oyendo.

—¡Este diablo de Marco Antonio, con su manera de gritar!... Además, ¿por qué hablar de los maridos y molestar a las pobres mujeres? Así, pues, señores, ¿os conviene mi plan?