—¡Sí, sí!

—¡Entonces, señores, adelante!

(Los romanos se aperciben al ataque; las mujeres a la defensa. En vez de lindos rostros, no se ven sino uñas agudas, prontas a caer sobre la cara y los cabellos. Se oyen voces femeninas, parecidas al silbo de la serpiente. Los romanos operan con arreglo al plan concebido; es decir, ocultándose uno tras otro. Pero con esta estratagema, en vez de avanzar retroceden y acaban por desaparecer de escena. Las mujeres sueltan la carcajada. Los romanos reaparecen, visiblemente confusos.)

—Creo, Escipión, que hay un defecto en tu plan. Queriendo avanzar, hemos retrocedido, que diría Sócrates.

El grueso romano.—¡Yo no comprendo!

Pablo Emilio.—Señores romanos, ¡seamos valerosos! ¿A qué nos exponemos? ¿A uno o dos arañazos? Bien puede arrostrarse tal peligro por apoderarse de esas divinas criaturas. ¡Adelante, romanos! ¡Al asalto!

(Todos los romanos—excepto Pablo Emilio, que mira, soñador, al cielo—se lanzan contra las mujeres, y a los pocos momentos de mudo combate retroceden a toda prisa. Reina un breve silencio, todos se tientan las narices.)

Escipión.—¿Habéis notado, señores, que no han dado ni un grito? Es una mala señal. Prefiero una mujer que grite.

—¿Qué hacer ahora?

—Yo sólo deseo llevar una vida de familia.