—¿Estaba usted en el Babilonia?
El doctor hizo con la cabeza un signo afirmativo.
—¡Qué! ¿Se está bien allí?
—Sí.
—¡Ya lo creo que se está bien! ¿Por qué no? Sin embargo, hay que tener cuidado de que cierren las puertas. No hay que olvidar la clínica por el Babilonia.
Se echó a reír a carcajadas; pero sus labios temblaban, y su risa parecía el ladrido de un perro con frío.
—Sí; voy a dar orden de que cierren siempre las puertas. Le ruego a usted que me perdone; ha sido un descuido del personal.
—Para usted tal descuido acaso no tenga importancia, mientras que para mí podría tenerla muy grande. Pero le perdono a usted por esta vez.
Luego, dirigiéndose al enfermero y a los guardas, les dijo severamente:
—¿Han oído ustedes? ¡Cierren en seguida las puertas!