Y añadió riendo:
—De lo contrario, yo y el doctor nos iremos inmediatamente a pasar el rato al Babilonia.
Cuando se logró que Petrov se retirase a su aposento y se acostase, el doctor subió a sus habitaciones. En el corredor, junto a la escalera, encontró a la enfermera; se hallaba completamente vestida, y sus ojos brillaban.
—¡Doctor!—murmuró.
Estaba tan emocionada, que no podía continuar.
—¡Doctor!—repitió, sin alzar la voz.
—¡Ah, es usted! ¿No se ha acostado todavía? Es ya tarde.
—¡Doctor!
—¿Qué hay? ¿Necesita usted algo?
—¡Doctor!