Le faltaron ánimos. ¡Quería decirle tantas cosas! Le hubiera hablado de su amor, del Babilonia, del champaña, de que abusaba. Pero se limitó a preguntar:
—¿Hay que darle bromuro a Polakov?
—¡Desde luego! ¡Buenas noches!
—Muy buenas. ¿Volverá usted a irse?
El doctor consultó su reloj. Eran las tres y media.
—No, es demasiado tarde. No saldré ya.
—¡Gracias!
Ahogó un sollozo y huyó a su habitación, a llorar, tan pequeña en el amplio y largo corredor, que parecía una niñita.
El doctor la siguió con la vista, consultó de nuevo su reloj y, sacudiendo la cabeza, se dirigió a sus habitaciones.
El día siguiente fue gris, y, aunque no llovió, hizo mucho frío. El invierno se echaba encima. El barro no tardó en secarse. A las cuatro, cuando se hizo salir un rato a los enfermos a tomar el aire, las avenidas estaban completamente secas, el suelo parecía de piedra y las hojas caídas crujían bajo las pisadas.