—¡Duerme tranquilo, hermano mío! No tardaré en volver.
—¿Conocía usted a mi pobre Sacha?—preguntó la vieja, acercándose.
Pomerantzev se volvió hacia ella.
—Sí—dijo con tono decidido—; era mi mejor amigo. Mi amigo de la infancia.
—Yo soy su madre. Me da gusto oírle a usted hablar así de mi pobre Sacha. Permítame usted que le hable un poco.
Pomerantzev se imaginó que él era el doctor Chevirev, que escuchaba las quejas de los enfermos. Adoptando una actitud grave, atenta y suplicante, respondió con mucha cortesía:
—¡Estoy a sus órdenes! Tenga la bondad de sentarse. Estará usted mejor.
—No, gracias; estoy bien así. Diga usted, ¿no es verdad que mi pobre Sacha no era un mal hombre?
—¡Era un hombre excelente!—exclamó con sincero acento Pomerantzev—. Era el mejor de los hombres que he conocido. Claro es que tenía sus defectillos; pero... ¿quién no los tiene?
—Es lo que yo digo; pero mi hijo segundo, Vasia, se incomoda. ¡Soy tan feliz oyéndole a usted! Es un gran consuelo para mí... Diga usted, ¿mi pobre Sacha no se quejaba nunca de mí? ¡Pobrecito! Se figuraba que yo no le quería y, no obstante, créame usted, yo le quería mucho, mucho...