Y llorando suavemente, le contó a Pomerantzev todos sus sufrimientos, todos sus dolores de madre, que veía a su hijo perdido y no podía hacer nada por él. Y de nuevo pareció querer justificarse, demostrar algo, sin lograrlo. Se diría que tanto ella como Pomerantzev, que apoyaba tranquilamente el codo sobre el ataúd, se habían olvidado del muerto; la vieja estaba tan cerca de la muerte, que no le atribuía una gran importancia y la concebía como otra vida misteriosa; Pomerantzev, por su parte, ni siquiera pensaba en ella. Pero las lágrimas de la anciana de cabellos blancos le conmovieron, y experimentó de nuevo un sentimiento de vaga inquietud.
—¡A ver el pulso!—le dijo—. Bueno. No se apure usted. Todo se arreglará lo mejor posible. Yo haré todo lo que esté en mi mano. Esté usted completamente tranquila.
—Me consuela usted. ¡Es usted tan bueno! Se lo agradezco con toda mi alma.
Y la vieja, de pronto, le cogió la mano a Pomerantzev y se la llevó a los labios.
El se puso muy colorado, como se ponen los hombres que ya peinan canas y tienen arrugas en la cara, y exclamó con indignación:
—¡Vamos, señora, vamos! ¿Se les besa la mano a los hombres?
Y salió de la estancia.
El corredor estaba mal alumbrado. Pomerantzev marchaba lentamente. De pronto, a algunos pasos de distancia, vio a San Nicolás, el taumaturgo. Era un hombrecillo de pelo gris, con pantuflas tártaras muy agudas y una pequeña aureola dorada alrededor de la cabeza. Pomerantzev avanzaba cabizbajo, y el santo también, sin ruido alguno, como si anduviese sobre una espesa alfombra. Durante largo rato, uno y otro guardaron silencio. Marchaban emparejados y sumidos en sus reflexiones. El corredor parecía interminable. Se veían a ambos lados blancas puertas cerradas; detrás de unas reinaba un silencio absoluto; detrás de otras se adivinaba una ligera agitación: la de los enfermos insomnes, que no podían estarse quietos. El corredor no se terminaba jamás, y las puertas eran extrañamente numerosas. Detrás de una de ellas, al lado izquierdo del pasillo, oyeron un ruido seco y monótono; el loco que llamaba a las puertas se entregaba infatigablemente a su ocupación predilecta.
—¡Llama!—dijo Pomerantzev a San Nicolás, sin levantar la cabeza.
—¡Llama!—respondió el otro, sin levantar la cabeza tampoco.