Elsa.—Esta mañana, cuando vi la luz del sol, ya experimenté un presentimiento doloroso. Y todo el día he sido presa de temores. El sol se ha puesto ya, y le sigo esperando en vano. Ha muerto, padre; estoy segura.

El conde.—Según mis noticias, el duque goza de una excelente salud. Vuestros temores, condesa, son exagerados, como vuestro amor. Bajo la protección del propio emperador, avanza tranquilo a través de nuestras tierras. Se burla del odio de mis barones hambrientos, que rechinan, rabiosos, los dientes, como los lobos en invierno. No tiene nada que temer, puesto que su cabeza está protegida por las alas y el pico rapaz del propio emperador.

Elsa.—Pero ¿por qué no viene? Hace largo rato que ha anochecido, y le sigo esperando en vano.

El conde.—Sí, hace largo rato que ha anochecido, y no está todavía aquí. ¡Oh, si yo no fuese el conde mendigo, de quien se burlan en la corte; si mis muros almenados no estuviesen punto menos que en ruinas; si mi castillo fuese una fortaleza sólida y amenazadora, como en tiempos de mis abuelos, entonces el duque no se retrasaría! ¡Sería cortés y respetuoso como el último de mis vasallos, hubiera llegado muy de mañana y, arrodillado ante mí, me hubiera lamido, como un perro sumiso, la mano!

Elsa.—¡Padre, es el elegido de mi corazón!

El conde.—¡Y al mismo tiempo, mi enemigo!

Elsa.—No le conoces. Cegado por el odio al emperador, empezaste a odiar al duque sin haberle visto siquiera.

El conde.—Sí, odio a todos esos aduladores serviles que andan a cuatro patas por las gradas del trono. Mendigan lo que hay que tomar por la fuerza. A la vida libre de un lobo prefieren la de un perro encadenado a su caseta, porque le tienen miedo al hambre. Son traidores a nuestra libertad. Ellos han arruinado mi castillo, en los agujeros de cuyos muros, en otro tiempo terribles para nuestros enemigos, hacen ahora sus nidos los cuervos. La servidumbre se ríe a hurtadillas cuando mando levantar los puentes; sabe que eso es inútil, porque se puede penetrar en el castillo por los muros agujereados. ¡Levantar los puentes! ¡Ja, ja, ja!

Elsa.—No eres justo, padre; mi Enrique es honrado y noble. ¿No te ha tendido la mano para obtener tu gracia?

El conde.—Sí, y yo no he aceptado esa mano.