Elsa.—Te ha suplicado que consientas en nuestro matrimonio, mientras que tú, con la crueldad de un hombre obcecado...

El conde.—Puedes no medir demasiado tus palabras, Elsa; no tienes que violentarte con tu viejo padre. El propio emperador te apoya, sus garras mantienen mi cabeza humillada, su pico ha peinado esta mañana mis cabellos blancos para la acogida del novio. Sé audaz y noble como tu prometido, Elsa. Es verdaderamente irritante: ¡un conde miserable se opone a esa boda, grata a los ojos del emperador! Si el pobre conde se obstinase, el duque se arrastraría hacia el trono del emperador y le rogaría que le diese lo que no le pertenece: la hermosa hija del ridículo viejo. ¡Y la hija se daría gustosísima al noble duque, mientras su viejo padre!...

Elsa.—¡Ten piedad de mí, padre mío! ¡Le amo tanto!

El conde.—Yo también he conocido el amor; pero si tu madre se hubiera parecido a ti, la hubiera echado como a una ínfima esclava, como a una innoble criatura, sólo útil para satisfacer los caprichos fugaces de sus amos.

Elsa.—¡Os dejáis llevar de la ira, conde! Cuando rechazasteis brutalmente al duque al pediros mi mano, yo me postré a los pies del emperador, rogándole que tuviese piedad de los infelices enamorados y que suavizase con su poder divino vuestra crueldad.

El conde.—¡Sí, con su poder divino! ¡Muy bien dicho!

Elsa.—Y entonces el emperador, tomándome bajo su protección, os dirigió una orden en la que me llamaba su hija. Ahora insultáis al emperador.

(El conde baja irónicamente la cabeza.)

El conde.—¡Os pido humildemente perdón, duquesa! Espero vuestras órdenes; mi castillo está por completo a vuestra disposición, lo mismo que a la del señor duque. He hecho mal ordenando que se apaguen las luces. En seguida van a encenderlas de nuevo. Voy a ordenar que se enciendan todos los fuegos, que arda el alquitrán en los barriles; vamos a esperar toda la noche al novio retrasado, sin pegar los ojos en nuestro éxtasis amoroso y nuestra sumisión canina.

Elsa.—Perdóname, padre.