El conde.—Sí, seremos dóciles como perros; de otra suerte, el emperador podrá enfadarse con nosotros. Hace mucho tiempo que detesta al conde miserable que se atreve aún a conservar un poco de altivez, y mañana, quizá, le echará de su nido familiar y ordenará luego la destrucción del nido. (Finge que llora.) ¿Adónde irá entonces el desgraciado conde? ¿Dónde encontrará un asilo? Es pobre, va mal vestido. Los perros de la aldea le morderán las piernas; las mujeres y los niños harán mofa de él. ¿Adónde irá entonces el desgraciado conde? (Cae de rodillas ante Elsa y trata de coger sus manos para besarlas.) ¡Oh, noble y generosa duquesa! ¡Os ruego que os compadezcáis de mí! Suplicad a nuestro buen emperador que no me eche; dadle la seguridad de mi plena, de mi absoluta sumisión...
Elsa.—¡Vamos, padre! ¡Te lo suplico! Levántate.
El conde.—Sí, noble duquesa; suplicad al emperador que no destruya el nido en que ha nacido el pobre conde. No hay piedra, no hay agujero en el castillo que le sean desconocidos. De niño andaba a gatas por las losas del patio. Desde sus torres, siendo mozo, miraba a lo lejos, soñando conquistar el mundo y adornar su frente con una corona. Aquí conoció a su mujer, y, bajo las frondas de estos árboles, arrullaba a su pequeña Elsa, que era el sol de su vida...
Elsa. (Llorando.)—¿Qué haces conmigo, padre? ¡Déjame! ¡Me haces daño en las manos! ¿Lloras de verdad? Sí, siento en las manos la humedad de tus lágrimas. Te lo ruego, no llores. Ten piedad de mí. ¡Si supieras cómo le amo! ¡Sufro tanto! ¿Qué le ha sucedido? ¿Qué ha pasado? ¿Por qué no viene? Un terror loco se apodera de mí. He estado temblando todo el día. Tengo terribles presentimientos. Apiádate de mí, padre; procura tranquilizarme. ¿Te acuerdas de mi madre? ¡Qué hermosa era! ¡Cómo la amabas! (El conde se levanta y se aparta un poco.)
El conde.—Calmaos, condesa; el deseo de nuestro emperador se cumplirá. El castillo está dispuesto para el recibimiento del noble prometido. Voy a mandar que enciendan nuevos fuegos; los barriles de alquitrán están ya apagándose.
Elsa.—¡Padre!
El conde.—¿Queréis, quizá, que os envíe a vuestras damas de compañía? No tenéis más que mandarlo. Pero no; el amor prefiere la soledad. Perdonad a un viejo que ha olvidado ya lo que es el amor. ¡A vuestras órdenes!
(Sube por la escalinata.)
Elsa. (Sola.)—¡Pobre padre, cuánto sufre! No conoce a mi Enrique. Cuando lo conozca, le amará como yo le amo... ¿De qué proviene esta tristeza que invade mi alma?... ¡Ah, ese presentimiento! Y luego ese lúgubre castillo... Ese viejo estanque, cubierto de musgo verde... Lo aborrezco. Me da miedo, sobre todo hoy. Está lleno de ranas que saltan ruidosamente de la orilla al agua. Cuando he visto esta noche reflejarse nuestro castillo, con sus ventanas iluminadas, en el agua inmóvil del estanque, he pensado que así debe de ser el castillo de la muerte. ¡La muerte!... Pero si Enrique, en efecto, ha muerto, ¿por qué le siento tan cerca de mí? Sus besos me queman los labios, y mi corazón...
(Se interrumpe de pronto y deja escapar un grito. Sale el duque de entre los árboles.)