Astolfo.—¡Es el duque!
El conde.—¿Crees?
Astolfo.—¿Quién puede ser, si no, ese hombre? Sí, es el duque.
El conde.—Pero esa no es su capa.
Astolfo.—Y, sin embargo, le reconozco: es el duque.
El conde.—Lo dudo. Es otro, sin duda. Sí, muchacho, es otro. ¡Pero es terrible! La condesa traiciona a su noble prometido, y mientras él vuela hacia aquí en alas del amor, ella se deja abrazar por un advenedizo. ¡Ahí tienes lo que son las mujeres, Astolfo!
(Se echa a reír.)
Astolfo.—¿Bromeáis, conde?
El conde.—Nada de eso. Lo que estás viendo no parece una broma.
Astolfo.—Pero os aseguro que es el duque.