El conde.—¡Calla, tonto! ¿Crees al duque capaz de una cosa así? Según tú, es capaz de colarse en el castillo, en medio de la noche, por cualquier agujero, como un ladrón, como una zorra en el gallinero para robar gallinas. El duque, en efecto, nos ha sido impuesto por el emperador; pero nos tiene respeto y no se permitiría nunca... Parece que requieres tu acero, amigo.
Astolfo.—Comienzo a tener dudas. Vos veis mejor que yo, conde.
El conde.—Además, la noche es obscura, ¿verdad?
Astolfo.—Sí, muy obscura.
El conde.—¿Ves? Y cuando está obscuro, es muy fácil equivocarse.
Astolfo.—Sí, es muy fácil. ¡Decididamente, no es el duque!
El conde.—¡Pobre duque! ¡Ser engañado tan cruelmente en su misma noche de bodas! Pero vamos a defender su honor, que no puede defender por sí mismo.
Astolfo.—Sí, no es él. Ahora lo veo bien.
El conde.—¡Silencio! Coge tres hombres... de los que tengan más hambre: el hambre doblará sus fuerzas... ¡Ah, villano, cómo besa a mi hija, a la novia del pobre duque!... Sí, coge tres hombres y acechad a ese intruso. Cuando pase por delante de vuestro escondrijo, caed sobre él y tiradlo al estanque. ¡Chis!... Le ataréis a las piernas plomo y piedras... ¡Cómo besa a mi hija ese ladrón de mi honor!
Astolfo.—Sí, ahora estoy convencido de que no es el duque.