El conde.—¡Silencio!

(Se van.)

Elsa.—¿Por qué te has hecho esperar tanto?

Enrique.—¡Oh, el día me ha parecido interminable! Desde por la mañana, desde que he visto salir el sol, he corrido hacia ti; pero la tierra parecía adherirse a mis pies. ¡Mil obstáculos, mil aventuras, mil desgracias! Ya es mi caballo, que cae muerto sin que se comprenda por qué; monto otro caballo, veloz como el viento, y sigo devorando el espacio. Ya es un río que me ataja el camino; me lanzo al agua y lo cruzo a nado. Hombres y caballos se hunden; pero yo salgo sano y salvo.

Elsa. (Lanza un grito.)—¡Ah!

Enrique.—¿Qué tienes?

Elsa.—Nada. Me había parecido oír algo. Decías que un río te había atajado el camino...

Enrique.—Luego, unos hombres nos atacan. Una batalla sangrienta sobreviene; pero logramos abrirnos paso.

Elsa.—¿Y después?

Enrique.—Atravesamos una ciudad ardiendo. Creo que nunca voy a salir de ella. No tarda mi segundo caballo en caer. Mis barones gruñen. En todos estos contratiempos ven funestos presagios. Las cejas fruncidas, aunque intrépidos, se muestran recelosos y no quieren avanzar más. Insisten en que nos detengamos; pero yo grito: «¡Adelante! ¡Mi amada prometida, mi hermosa, me espera! ¡Adelante!» Y heme aquí contigo. Toco tus manos y tus hombros y respiro tu puro aliento. Se me figura un dulce sueño. Pero ¿por qué no dices nada? Pareces inquieta; tu corazón late presuroso. Di, querida mía, ¿qué tienes?