Elsa.—Nada. Pero el sol de hoy era tan triste...

Enrique.—Ya se ha puesto.

Elsa.—Sí, se ha puesto; no está ya en el cielo, y tú estás aquí, junto a mí. Pero no, no eres tú; es tu espectro de los labios ardientes y la mirada luminosa.

(Se oyen las trompetas.)

Elsa.—¡Es el duque que llega!

Enrique.—Sí, es el duque.

Elsa.—Dios mío, ¿cómo le confesaré mi traición? He abrazado a otro.

Enrique.—El duque llega, y yo debo alejarme. Tiene gracia; me inspira algo así como celos el feliz mortal cuya llegada anuncian esas trompetas.

Elsa.—Llega de una manera solemne, acompañado de barones armados.

Enrique.—Y de guerreros. Lenta y gravemente se adelanta su magnífico caballo... Pero no va nadie en la silla.