—¿Qué quiere usted? Yo era joven y tonta.
—¿Tuvo usted hijos?
—Sí, un muchacho.
—¿Qué ha sido de él?
—Murió en un asilo.
—Claro, después no ha tenido usted hijos...
—No.
El viejo, siempre severo, volvió a ocupar su asiento, y, ya sentado, dijo:
—Tienes razón: no eres cristiana. Por diez rublos perdiste tu cuerpo y tu alma.
—¡Hay viejos que dan más de diez rublos!—replicó, en defensa de Karaulova, su amiga Pustochkina—. No hace mucho estuvo en casa un viejo muy respetable... como usted...