Una noche que se había quedado sola en casa, Restituta tuvo la tentación de volver al cuarto de Pablo. Pero ya no se puede decir el cuarto de Pablo, porque el amo de la casa le había cedido toda una crujía del caserón que habitaban. Pablo había alhajado sus habitaciones con gusto y elegancia. No tardó pocos minutos la prima en dar con la mesa, cuyos cajones registraba en otro tiempo. Al fin la vió en un rincón, muy barnizada y compuesta. Cada llave estaba en cada cerradura. Abrió trémula uno y otro y todos los cajones. ¡Qué desencanto! Aquellos desordenados papeles, unos cortos, otros largos, unos escritos en castellano, otros en caracteres desconocidos, ya no estaban allí. En su lugar había muchos y muy simétricos legajos con sendas carpetas, atados con cinta de lustre encarnada. Cuando firmó el contrato de matrimonio vió Restituta algo parecido en el despacho del Juez municipal.
Buscó por todas partes, pero no vió ni rastro de aquellos papeles que, valga la verdad, no había olvidado en tanto tiempo.
De algunas composiciones cortas quiso Restituta hasta acordarse de memoria. Por cierto que decía para sí, de vuelta á su hogar propiamente dicho:
—¡Cómo era aquel verso en que juraba mi primo que se reía y lloraba al mismo tiempo!
Viendo que no podía hacer memoria, pensó Restituta que mejor sería hacer entendimiento.
Y lo hizo. Tanto aguzó la inteligencia, tantas vueltas dió á los viejos recuerdos de los conceptos aprendidos en los papeles de Pablo, que al fin Restituta, allá en sus soledades, se convenció de que su señor marido y capitán era un beduino, ella una mujer no comprendida, y su primo un hombre que la hubiera comprendido perfectamente.
V
Ya había sido miembro de varias comisiones de hacienda municipal y provincial, y estaba á punto de ser diputado á Cortes Pablo Soldevilla, cuando su primer amor se decidió á sondearle aludiendo á las tristezas del pasado:
—¿No te casas, Pablo?—dijo Restituta cuando se vió á solas con él en la glorieta del jardín, cerca ya de la noche.
—¿Casarme? ¿Yo? Lo dicho, dicho, prima. Aunque lo haya dicho hace ocho años, dicho está. Yo he amado á una mujer, á una sola, ¿entiendes?, y de una vez para siempre. Ya sabes que creo en la pluralidad de los mundos habitados, que creo, como si lo viera, ¡que mi alma ha de vivir en todas esas estrellas que ahora empiezan á lucir allá arriba!... Te advierto que son infinitas; pues bien, Restituta; yo que espero vivir en todas, en todas seguiré amando á la mujer que amé aquí, en esta pobrecita y tristísima tierra que se va quedando tan obscura. (Y era verdad que obscurecía, y Pablo daba pataditas sobre una planta de violetas). Bien podrán preguntarme después de un millón de vidas: ¿No te casas, Pablo? Yo contestaré siempre: lo dicho, dicho.