En el entretanto, el tenedor de libros leía á ratos perdidos la Fisiología del matrimonio, no para tomar las lucubraciones de Balzac al pie de la letra, sino como aperitivo para las propias reflexiones.
Si le hubiérais visto, como Restituta le veía, con el tomo entre las manos, la cabeza inclinada y los ojos fijos en el suelo con mirada oblicua y llena de maligna expresión, si le hubiérais visto entonces morderse las uñas y como volviendo en sí mirar alrededor asustado y luego volver á la lectura, tal vez hubiéseis sentido la extraña curiosidad que sentía la prima, aunque en vosotros no fuese tan vehemente y misteriosa.
El padre de Restituta, Quiñones, Restituta y don Pantaleón, todos cuatro convenían en este punto: que Pablo estaba sufriendo una extraña (y saludable añadía el de los Pantalones) cuanto inesperada transformación.
El padre de la prima se alegraba por las ventajas que para su comercio tenía la buena administración de los libros. Don Pantaleón no es necesario decir por qué se alegraba; y Don Suero, desinteresadamente, participaba del contento general, por esa extraña atracción del abismo de que nos hablan los poetas y que tanto debieran meditar los maridos.
Restituta no se alegraba; se limitaba á sentir mucha curiosidad. Pero ¡ah! lo que es curiosidad, mucha.
IV
Pablo llegó á tener participación en los beneficios.
Y acabó por tomar tan por lo serio los negocios, que más de una vez se le vió disputar muy acalorado sobre asuntos mercantiles, ventilando lo que suele llamarse el cuarto y el ochavo.
Don Pantaleón sostenía que su sobrino era un Necker, porque le sonaba el nombre de Necker á pesos fuertes. Le confundía con Creso.