—Á ver, ¿dónde está el pueblo? ¿Dónde está el burgués, dónde está el obispo? ¿Y esas pesetas, señores de la Diputación? ¿Y esos cigarros, señor Alcalde?
Y entusiasmado con su propia arenga, el Rana, al arrancar el tren, tuvo una inspiración generosa.
Sacó del bolsillo interior de la levita de color de carretera una cajetilla de las más baratas, aún no mediada, y con gesto de soberana arrogancia, comenzó á arrojar pitillos á las ventanas de los coches que ya se movían...
—Toma, Queso; toma, Viruela..., toma tú, Troncho... ¡Viva Cuba española!
—¡Viva el Rana! gritaron los voluntarios que ya se alejaban... ¡Viva la integridad de la patria!
—¡Eso! ¡eso!—gritó nuestro hombre—¡viva la ingratidad de la patria! Me caso en el tal del Tal... y blasfemó horriblemente, hasta que un guardia le puso la mano en el hombro, diciendo:
—Calla, Rana, si no quieres dormir el martes donde duermes el domingo...
El Rana miró de hito en hito, con gran desprecio, al guardia, y, sin blasfemar, exclamó: