—¡Porque sois la hez, Queso! Esto es una limpia... Os barre el hambre, os echa á morir, á la alcantarilla, á la manigua, la nesecidad... Y, claro... los señoritos, los burgueses... no se levantan de la cama á la hora que barren los barrenderos del Ayuntamiento...


La verdad era que en la estación no había ni elemento oficial, ni muchos curiosos ó patriotas. Casi ninguno. Había, sí, mujeres harapientas, niños pobres que lloraban ó reían, los pedazos del corazón cubiertos de andrajos, que dejaban en el pueblo aquellos muchachos que iban... no sabían á qué... á morir probablemente... á padecer por la... eso, de la patria.

El Rana no se explicaba bien—porque blasfemar no es argüir;—pero él veía clara la cosa: lo que pasaba por el espíritu... de vino de aquel insigne borracho, traducido de las nieblas alcohólicas de su conciencia al lenguaje usual, era esto:

“No valen más mil que quince. Aquellos chicos no tenían la culpa de ser tan pocos. No valía decir que el pueblo acababa de entusiasmarse pocos días antes. En estos casos no vale el cansancio. Aquel desaire á la hez de la población, que iban de su propio querer á morir por España, era una ingratitud, una crueldad. El voluntario no es menos que el soldado que sirve al rey porque le toca. Allá son iguales; pero en el arrancar tiene el voluntario más mérito. Y no valía pensar que el Queso, el Marqués, Viruela, iban echados por la miseria, por no luchar con el hambre, por dar pan á su madre, ó á su mujer ó á sus hijos...

“No; algo había él visto... pero sin lo otro, sin lo de... aquello de la patria, no irían. ¿Por qué no iban á otra parte, donde había guita, pero no había peligro, mala vida? ¿Por qué á ninguno se le ocurría ir á cambiar la miseria de su tierra por el pan seguro de otras aventuras lejanas, por mar ó por tierra? En fin, que, por dentro, al Queso le pasaba lo que á él, al Rana, le había pasado en su tiempo. ¿Qué era España? ¿Qué era la patria? No lo sabía. Música... El himno de Riego, la tropa que pasa, un discurso que se entendió á medias, jirones de frases patrióticas en los periódicos... Pelayo... El Cid... La francesada... El Dos de Mayo... El Rana, como otros camaradas, confundía los tiempos; no sabía si lo de Pelayo y lo de Covadonga había sido poco antes que lo de Daoiz ó por el mismo tiempo... Pero, en fin, ello era que... ¡viva España! y lo que sale de dentro sale de dentro... y, en fin, que en un arranque de... no sabía qué, pero contento, muy ancho, se había alistado... y allá había ido, mezclado con mucha gente honrada, siendo tanto como ellos, en cuanto era voluntario; y se había batido bien, y había perdonado, allá en la guerra, á los españoles de acá, á los reaccionarios (hoy burgueses) que habían ido á despedir el batallón de la Purísima por la carretera de Castilla arriba, y que iban diciendo, mientras acompañaban á los voluntarios:

—“Y además, ¡qué limpia! El batallón se lleva al Rana, se lleva á Saltamontes, se lleva á Tarucos... se llevaba... Sí, se los llevaba; ya no quedaban perdis en el pueblo apenas; y los más se habían ido y no habían vuelto... ¡Qué limpia! Entre muchos pobres muy juiciosos, sin tacha, la picardía de la ciudad, era cierto; borrachos, jugadores, blasfemos, el escándalo de las plazuelas... ¡Pero allí todos iguales, todos voluntarios! Y el Rana y Tarucos no iban sólo por el rancho y á la que saltara; no, señor... iban por una corazonada, por el himno de Riego, por lo de los moros y los mambises... y Pelayo y los franceses... y, en fin... como los otros... ¡Rayo en el burgués! ¿Qué limpia, eh? ¡Oh! ¡Pues si viérais morir en la manigua á los de las barreduras!...”


Sonó el pito del jefe. Se cerraron portezuelas, hubo abrazos, besos, lágrimas, carcajadas nerviosas, gritos locos. De repente silencio triste. En aquel silencio sonó de repente la voz del Rana que peroraba, sin que ya nadie le hiciera caso: