Y el Rana, hablando y andando, se dirigió á la cantina solitaria, donde pidió una copa de aguardiente, al mismo tiempo que ponía sobre el mostrador unos cuantos perros chicos, pero sin separar de ellos la mano. Era aquel gesto una fórmula á que le obligaba su escaso crédito. Quería decir que tenía con qué pagar; no que pagaría de fijo.

Como la cantinera le mirase con cierta sorna y no se diera mucha prisa á servirle, El Rana, con ceño digno de las Euménides, se encaró con la pobre muchacha y la abrumó bajo el peso de cien blasfemias é imprecaciones.

“¿De qué se dudaba allí? ¿De su buena fe de pagador ó de su amor á la... eso de la patria?”

“¿Tenía él ó no tenía decoro? ¿Tenía ó no tenía razón? Ni el obispo, ni el alcalde, ni una rata, venía á ‘despedir á los quince Daoíces’ que iban á morir por España, como el más currutaco general ó cadete...” Bebió dos ó tres copas; dejó sobre el mostrador algunas monedas, recogió otras, y siempre hablando con las nubes, se fué hacia el grupo de voluntarios, que también soplándose las manos daban diente con diente y patadas en el suelo, formando piña cerca del tren, preparado ya para la marcha.

—¡Eh, Rana, faltan cinco céntimos!...—le gritó no muy incomodada la cantinera.

El Rana se encogió de hombros, y con un ademán de pródigo, exclamó:

—Para ti—y llegó al grupo de voluntarios, donde no fué mal recibido. El Queso le estrechó la mano con efusión, y dijo:

—¡Bien por el Rana! Vivan los patriotas de la Purísima.

—Alabada sea ella. Pero el podrido obispo, ¿por qué no viene hoy á echar bendiciones? Y el alcalde, ¿para cuándo deja los puros y los vivas?...