Amigo de marchar con el siglo, había renunciado á ser republicano, ya que los jóvenes de la esquina del Ayuntamiento se reían de la política; y era anarquista, pero disidente, porque los de esta opinión le habían expulsado con toda solemnidad de su grey, con el frívolo pretexto de que empalmaba las borracheras y era el hazmerreir de los burgueses, y admitía de éstos propinas, prendas de vestir y otras humillaciones.

Pero el Rana, haciendo eses, y mirando al cielo, con quien se pasaba el día de coloquio, pues era su costumbre decírselo todo á las nubes, al tal Dios, desdeñando ponerse al habla con los míseros mortales, el Rana, digo, perdonaba á sus correligionarios porque no sabían lo que hacían, y les dedicaba sonrisas de desprecio en un todo iguales á las que le merecía el alto y bajo clero. Además de no estar conforme con el credo (así decía él) de su partido, en lo tocante á la bebida, también protestaba contra los alardes de cosmopolitismo, porque él era patriota ¡por vida de la Chilindraina! y había expuesto la vida en cien combates por la... eso de la patria: en fin, “¡Viva Cuba española!”, gritaba El Rana, que en esta materia no admitía bromas ni novedades. Bueno que la república fuera un... mito, eso, un mito..., pero en la aquello... de la patria, que no le tocaran el Carlos Más (Marx), ni el Carlos Menos, ni Carlos Chapa..., porque el Rana, allí donde se le veía... había sido voluntario del heroico batallón de la Purísima (alabada sea ella), añadía el Rana, que sólo estaba mal con el elemento masculino de la Sacra Familia; y eso de boca.

“Mil éramos, predicaba entusiasmado en medio de la plaza, mil éramos cuando íbamos por la carretera de Castilla arriba: ciento cuatro volvimos de Cuba... Los demás todos muertos... unos por uno, otros por otro..., ¡todos muertos! ¡Viva la anarquía y el libertinaje! Fuego y fuego en el burgués..., pero el que me toque á... pues, á Cuba española, que se entienda con este cura, hablando mal, con el Rana, veterano distinguido del batallón provincial de la Purísima, alabada sea ella... Me... caso en el tal del Tal.”

Y si pasaba por allí un polizonte iba el Rana á la prevención por blasfemo.


Una mañana muy fría, de Diciembre, salió el Rana muy temprano del zaquizamí en que dormía, y previo el ordinario tocado de pasarse la mano por los ojos, se encaminó á la estación del ferrocarril del Norte, pisando la dura escarcha, soplándose los dedos y hablando entre dientes con las podridas nubes. La letra de lo que quería decir no era muy clara, pero la música era ésta: pestes contra el frío, contra el hambre, contra el infame burgués y contra la falta de patriotismo del obispo, del alcalde, del gobernador y demás oscurantistas, digo burgueses.

El Rana había leído en un periódico local, el día anterior, que aquella mañana, en el primer tren saldrían por el ferrocarril del Norte quince voluntarios que embarcarían en La Coruña con destino á Cuba. Una semana antes la ciudad en masa había despedido entre gritos de entusiasmo patriótico á todo un batallón de infantería que de allí había salido para la guerra. Se había obsequiado á los soldados con cigarros, fiambres, vino, reparto de pesetas y grandes dosis de cariño fraternal, inspirado en el amor á la patria. Estaba bien. El Rana era el primero en aplaudir aquella manifestación. Pero ahora...

—¡Lo que yo temía!—exclamó al pisar el andén, donde le dejaron entrar á la cuarta ó quinta blasfemia.

—¡Lo que yo temía! ¡Ni un alma! ¡Muera el burgués! ¡Abajo lo existente!... ¡Ni un alma!... ¡Sean ustedes Daoíces para esto!... ¡Claro!... Los pobretones son voluntarios; como yo, como el Rana, allá en mis buenos tiempos... Son el Queso, Piniella, el Marqués, Viruela, Viruso, el Troncho... cuatro gatos, la hez, eso, la hez del pueblo soberano... Una limpia, ¿eh? ¡Dígalo usted, burgués infame!... ¡Una limpia!... ¡Dígalo usted claro!