Se nos ha muerto en el camino. Es un soldado de Cuba que venía por enfermo. Se bajó en Pinares... no pudo montar en el tren... y se moría. Suplicó que por caridad se le trajera á Cardaña... á morir en su casa, junto á su padre...
EL SEÑOR PACO
Incorporándose airado, como loco.
¡Miserables, dejadme lo mío! ¡Ya pago, ya pago! ¿No me robáis porque no pagaba?... ¿Y ese hijo? ¿Y esa vida? ¡Alcalde, ahí tienes la contribución! ¡Entiérramela!
Con las manos crispadas señala al muerto.
TELÓN MUY LENTO
EL RANA
Tenía cincuenta años que parecían setenta; una levita que no lo parecía, del color de la vía pública, el gris que se coge en el arroyo como una pátina; barba rala, corrida, del color de la levita; tres ó cuatro dientes; una camisa, y muy arraigadas convicciones políticas, sociológicas y aun filosóficas y teológicas. Había aprendido á leer allá en Cuba, cuando la otra guerra, siendo voluntario en un batallón provincial; y ahora leía periódicos y más periódicos arrimado á los pilares en los porches del Ayuntamiento. Siempre leía de prestado, porque él su poco dinero lo gastaba en aguardiente y en tabaco. Era peón de albañil, pero casi siempre dimisionario. No estaba conforme con la marcha del mundo. Cuando él era joven, la culpa de todos los males la tenía el oro de la reacción; ahora parecía ser que el enemigo era “el infame burgués”. “Sea”, se había dicho el Rana; y, como antes del oscurantismo y de los presupuestívoros, ahora maldecía del burgués, del zángano de levita. Y eso que él, por invencible afición, siempre vestía de levita, verdad es que debida á la munificencia de algún aborrecido burgués. Era el borracho más popular de su pueblo, y todas las clases sociales le encontraban gracia al Rana, y veían en él, acaso, el último representante de una generación famosa de perdis populares, que eran, en cierto modo, orgullo de la ciudad por el ingenio de todos ellos, por los rasgos originales y muy cómicos de su excitada fantasía. El Rana, á pesar de sus ideas disolventes, de su bala rasa (alcohol puro) anarquista, no tenía un enemigo, ni siquiera entre el clero, que él despreciaba con serenidad olímpica. Sin embargo, sus lucubraciones teológicas más de una vez le hicieron dormir en la prevención, por la forma más que por el fondo. Cuando la prensa local encarecía la necesidad de perseguir la blasfemia, el Rana no se libraba de los rigores del terror blanco. Pero salía de prisiones sin abdicar uno solo de sus principios; y aquella misma noche volvía á presentarse tan borracho como el día anterior y tan encastillado en sus negaciones impías y en sus imprecaciones escandalosas.