—Y es la verdad: á mí no me quisieron cuando ofrecí un amor sincero, inocente; mi tío me aseguraba que hasta que fuera hombre no me querrían... y trabajé y fuí hombre, y ahora, aunque me quieran, ¿qué me importa?, porque... lo dicho, dicho...
VI
Dicho y hecho.
Yo no tengo la culpa. Ni ellos tampoco. Restituta comenzó á comprender el amor puro, ideal, cuando la Naturaleza—natura naturans—ya había satisfecho sus primeras necesidades, cuando Quiñones no tuvo más uniformes que vestir y cuando las tinieblas caliginosas dieron paso en el cerebro de la hermosa niña á un poco de luz.
Porque Restituta era todavía muy joven cuando sucedió la escena de la glorieta. Veinticuatro años. Es cuando una mujer puede entender algo de los desengaños y gozar esa melancólica y poética perspectiva de los recuerdos, de la cual Dios libre, lector, á tu mujer, si la tienes. Amén.
En cuanto á Pablo, preciso es confesar que se portó como un bellaco, y como un cobarde primero.
Fué cobarde porque, ya que había nacido soñador, idealista, debió afrontar las desastrosas consecuencias de su vocación y de su carácter.
Fué bellaco porque no recitó delante de Restituta su última poesía íntegra. ¿Por qué no dijo, como era la verdad, que el amor al mirarse en la fuente no se había conocido?