¿Por qué no confesó que al tener entre los brazos el sueño cuajado en realidad, ó aquella mujer adorada en la primera juventud... sólo había sentido el placer de la venganza y del orgullo satisfechos?

Y ¡oh vergüenza! debió confesar también que á la segunda cita no acudió, sino muy tarde, porque sus deberes de agente le llevaron á la Bolsa.

Sí; fué cobarde, fué bellaco... pero fué agudo, fué sutil.

Oyó en los labios de su tío don Pantaleón de los Pantalones, que era tan bruto, las palabras de la sabiduría.

Amaba el ideal y le recordaron los dolores que acarrea. Huyó á tiempo del precipicio.

Si hubiese seguido soñando le hubieran sucedido las siguientes desgracias, alguna de ellas por lo menos:

1.ª. Morirse de hambre tarde ó temprano.

2.ª. Suponiendo que el hambre no hubiese sido puñalada de pícaro, su prima le hubiera martirizado durante toda la vida, porque el señuelo del desdén fué sin duda lo que la atrajo (ahora que ella no lo oye), y

3.ª. Dado que la prima se hubiese rendido, de todos modos, ¡qué amarga felicidad no hubiera traído consigo el amor adúltero al alma enamorada del pobre soñador!