Manín sintió también, además de la ausencia de su madre, la ausencia de las aventuras amorosas: ya se había acabado lo de echar la presona, el cortejar los sábados de noche, hasta la aurora del domingo. ¿Con qué reemplazar aquella dulzura? ¿Con el juego de bolos? Probó... pero aquello no le hizo gracia. Montaigne no encontraba ni en la gula ni en placer alguno un sustituto digno del amor: comprendía á los viejos que se consolaban con los buenos tragos, pero él no podía reemplazar con la embriaguez el amor. Manín, si no cosa tan delicada como el rebrincar y ergotizar con una buena moza, acabó por encontrar cierto encanto en las copas de anís escarchado, de malvasía y de rosa. Los licores dulzones fueron el sucedáneo de los galanteos para aquel epicurista de montera. Iba á los mercados de Gijón y allí se despachaba á su gusto bebiendo en un café, entre el señorío, aniseta, rosa, málaga y cosas así. Mucha dulzura, y ver candelillas, y figurarse el mundo menos malo de lo que positivamente era... Y á casa á dormir, oyendo frases de desprecio de aquella Rosa, que era su tirano, pero también el amparo que le había dejado su madre.
Tuvieron una hija. Buenos insultos le costó á Manín. Rosa hubiera querido un hijo.
No lo hubo. El trabajo mata, por lo visto. Mientras Manín se conservaba fresco, lozano, pese á los años, Rosa empezó á decaer; una vejez prematura, precipitada, acabó con ella... y tuvo que pensar en lo mismo en que había pensado Pepa José algún día. Si moría ella, ¿á quién iría á parar la casería? El nuevo amo, hijo del otro, tampoco la dejaría en poder de aquel trasto inútil de Manín... Y Rosa, con el mismo fin con que Pepa había buscado una mujer para Manín, buscó un marido para Ramona, la hija de Manín y de Rosa.
Ramona se parecía á su padre: era alegre, soñadora como él, poco activa, débil de carácter; no servía ella, como su madre y su abuela, para cuidar la hacienda. Pero Roque de Xuaca, el marido que escogió Rosa, sin consultar á Ramona, la mujer de Roque, era el aldeano más codicioso y tenaz para el trabajo de todo el concejo. En su juventud, mientras fué soltero, nunca fué á las romerías por las mozas, sino por los bolos. Ganar algunos céntimos en la bolera, á fuerza de sudores, era todo su recreo. El resto de la semana, en vez de los bolos del domingo, tenía la fesoría, la pala, la guadaña... los céntimos se los sacaba á la tierra. Se casó sin amor, sin nada más que codicia; dispuesto á ser el amo cuanto antes. Rosa murió pronto, y Roque empezó á tratar á su suegro peor que al perro, que le servía más guardándole la casa.
Manín temblaba ante el marido de su hija; no pensó en disputarle el dominio: desde luego aceptó su papel de carga inútil. Trabajar de veras no podía, no sabía; cada vez menos. Á pesar de las buenas apariencias, Manín por dentro se sentía viejo, muy débil, cada día con más necesidad de amparo, de que le cuidaran, de que le dejasen sus aficiones de pobre diablo amigo de los tragos dulces, de la excitación alegre del licor... Pero Roque no consentía ni siquiera lo que Rosa había tolerado por desprecio. Roque de Xuaca era brutal, soez, cruel. Á Ramona la tenía en un puño, y la pobre hija de Manín, siempre enferma, no se atrevía á defender á su padre. Ni Manín se quejaba delante de Ramona, por miedo de que el marido la maltratase si ella abogaba por su padre.
Roque ensayó lo imposible: obligar á Manín á trabajar de veras, con provecho y constancia. Manín sólo tuvo fuerzas de voluntad... para oponerse á tales ensayos, nuevos en su vida y de fracaso seguro. Lo que es trabajar como los demás no trabajaría por mucho que mandara Roque. Podía matarle de hambre, de un palo; pero hacerle pasar el día encorvado rompiendo terrones, era imposible. Pero el de Xuaca no se dió por vencido. Renunció á tener en Manín un esclavo que le ahorrase un criado, pero no renunció á sacar del pobre viejo todo el partido posible. Como á un chicuelo, se le obligaba á llevar el ganado al pasto, era el rapacín de la llinda y se le empleaba en otras labores fáciles, sencillas, pero molestas para un anciano. Y, por supuesto, se le acortó la ración. Se acabaron los buenos tragos, los viajes en pollino á la villa, los bocados de pan tierno, la ropa limpia y fresca; hasta se le echó del cuarto desahogado y caliente que ocupaba en la casa nueva y se le obligó á vivir en la choza antigua de la casería, á un tiro de fusil de la vivienda de su hija. Para Roque, su suegro era menos que el último jornalero.
Manín se sintió aislado, sitiado por hambre; quería matarle á fuerza de hastío, de soledad, de privaciones... ¡Málaga, rosa, marrasquino! ¡Recuerdos del bien perdido! Ni una copiquiña en un año. Borona, fabes, agua... un poco de leche, poco... y lo demás tristeza, frío, soledad, aburrimiento... Lo que no podía Roque era vencer la afición de Manín á las delicias de que le privaba. Soñaba con ellas, no pensaba en otra cosa. La privación de aquellos placeres materiales, de los buenos tragos, de los buenos bocados, le hacía dar un interés exclusivo á tales cosas; toda su voluptuosidad, que antes se esparcía en tantas delicias, el amor, la música, la vaga poesía del ensueño, la danza, la conversación alegre... ahora se reducía á complacencias del paladar, que no podía conseguir, y que cada día deseaba con más fuerza.
Cuando le echaban en cara su apego á tales apetitos groseros, Manín se enternecía, con lástima infinita de sí mismo, y, como un anacreonte elegíaco, procuraba demostrar que á un pobre viejo que ya no podía gozar de otros placeres, los buenos tragos, los buenos bocados se le debían como se le debe el respeto.
Pero Roque le trataba peor cada día: llegó á reducirle á la condición, casi casi, de un mendigo.