Manín de Pepa José, si hubiera nacido señorito y hubiera estudiado y escrito en los periódicos, hubiera sido un esteta. Pero en Llantones, parroquia rural cerca de Gijón, Manín no era más que un folganzán, que no valía la borona que comía... cuando la comía.

Su madre, Pepa José, es decir, una Josefa, mujer de un José, quedó viuda ya en edad madura, y aunque la casería que llevaba en arrendamiento, en la escritura del contrato parecía cosa de Manín, heredero de José, quien mandaba en todo era la madre; sólo con ella se contaba. Enjuta, alta, de mucho hueso, mirada fiera, actividad febril, gestos hombrunos, era un águila para el trabajo, para el cuidado de la hacienda, y sus criados y jornaleros andaban en un pie. Sólo Manín, el hijo único, gozaba el privilegio de la benevolencia de aquella mujer que no daba un bocado de pan sin que se lo pagara algún servicio. Pero Manín era otra cosa; por él y para él trabajaba ella tanto. No era fuerte, no mostraba aptitud para las faenas del campo, y la madre había soñado con hacerle sacerdote. Pero él, muy contento con trabajar poco y cuando quería, no entraba por lo de cantar misa. El trabajo le repugnaba... pero el ascetismo también. Le gustaba la alegría, el ruido, el baile. Era gaitero de afición, y de habilidad notoria. Con la gaita suavizaba el carácter de su madre, aquella fiera; la embelesaba con aquellos gorgoritos estridentes del puntero y con las notas asmáticas que salían de las profundas entrañas del fuelle.

Cuando Pepa aturdía á gritos á los vecinos en media legua á la redonda, riñendo á un criado ó atosigando á un deudor, y las imprecaciones de aquella Euménide de pan llevar retumbaban en el castañar que rodeaba la casería, Manín, tocando el Altísimo Señor ó la Praviana en la gaita desafinada y melancólica, aplacaba poco á poco á la furia, la atraía y acababa por enternecerla.


Manín era de oficio, de verdadero oficio, soñador. Un soñador alegre, que buscaba la soledad para saborear los recuerdos de las fiestas, de las romerías, de los bailes alegres, llenos de ijujús tempestuosos, horrísonos, expresión de histerismo de centauros. Manín no sabía que el ijujú era celta; él lo consideraba como una manera de relinchar de los mozos de la aldea. Y él relinchaba también, sobre todo allá para sus adentros.

¡Si el mundo fuera siempre cortejar, bailar la danza prima, disparar el cachorrillo para solemnizar la procesión, tocar la gaita al alzar en la misa cantada el día de la fiesta! ¡Y después, á la luz de la luna, por el castañeo arriba, acompañar á una rapaza, y echar la presona á la puerta de su casa hasta cerca del alba! ¡Y luego, á solas, en la llinda, ó á la hora de la siesta, sentir la brisa llena de olores queridos, familiares, reclinado el cuerpo sobre la rapada yerba, y soñar despierto, rumiando recuerdos dulces; como las vacas, sentadas á la sombra, rumiaban su alimento!


Pero la vida no era eso. En faltándole su madre ¿qué iba á ser de Manín? Y Pepa envejecía, y tenía achaques, que le procuró el trabajo excesivo. Se sentía herida de muerte y temblaba por el porvenir de aquel hijo, incapaz de dirigir la hacienda. Ya se había susurrado por la aldea que el amo, si moría Pepa, y Manín quedaba solo, no le dejaría seguir con el arrendamiento, porque en poder de tal casero los bienes perderían mucho.

Pepa vió la única salvación de su hijo en casarlo con una mujer que fuera como ella, que se pusiera los pantalones, y trabajara y dirigiera la casería. Rosa Francisca de Xunco fué la moza que ella deseaba. Era como ella, hormiga con alas para la codicia. Era hija de un vecino que siempre había envidiado la casería de Pepa José.

Rosa se casó con Manín sin mirarle siquiera, pensando nada más que en mandar allí, donde tanto mandaba Pepa. Eran iguales ambas hembras; pero por lo mismo eran incompatibles. Eran dos abejas reinas; una tenía que sucumbir. Como una especie de pacto tácito, venía á ser condición de la boda que Rosa no tuviera mucho tiempo que obedecer á nadie; sobraba Pepa, si lo tratado era tratado. Pepa bien lo conocía. Admiraba á Rosa, veía en ella el futuro amparo, y tirano también, de su Manín; y aborrecía á Rosa necesitándola, y le envidiaba aquella sucesión que tenía que dejarle ella. Pero Pepa murió pronto. Rosa Francisca ocupó su puesto y todo siguió como antes: los criados andaban en un pie, la casería prosperaba, y Manín tocaba la gaita, soñaba despierto en la llinda, y echaba de menos, un poco, el cariño áspero, pero cierto, de su madre. Rosa no le mimaba, ciertamente; le despreciaba; le tenía en constante olvido; pero le dejaba comer sin trabajar apenas.