“Mis yambos en prosa”, llamaba él á las crónicas, hablando con sus amigos en Fornos.
—Pero, hombre, le preguntó uno á Pérezbueno, ¿cómo se las echa de Arquiloco el pobre Jesús, si sus crónicas del Senado son anodinas, inocentes?...
—¡Oh!—exclamó D. Autónomo—¡Qué han de ser anónimas! ¡Si ustedes las vieran! Cantáridas, injurias, calumnias, yambos á toca teja... Lo que hay es que al corregirle las pruebas yo le quito las ocurrencias (Histórico). No queda más que lo que él copia del extracto de una agencia. Pero él ser, es una ventosa.
Y el pobre Murias aguantaba esto y aguantaba el hambre, porque sueldo ¡Dios lo diera!
Cuando ya Jesús era lo que se llama redactor de El Erizo, aunque á prueba... de pruebas, y sin probar bocado, por fin Bisturí se dignó hablar de los Ecos de Entrambasaguas.
Y decía Bisturí en El Erizo: “Ahora se verá si soy ó no imparcial de veras. El autor es un amigo, un compañero... pues bien, por lo mismo se le debe la verdad entera...” Y la verdad era digna de los yangüeses que apalearon á D. Quijote.—Murias se quedó en la cama unos días, porque se sentía molido materialmente. No se reconocía hueso sano.
No volvió por El Erizo, y, en la cama, recibió una carta del Mecenas de Cantarranas, don Nicomedes, que le decía entre otras cosas: “Nos hemos equivocado. No es usted lírico. Bisturí ha puesto el filo en la llaga. Acaso sea usted épico. Pero por si acaso, probemos otra cosa. Cuente usted conmigo. ¿Quiere usted traducir un diccionario de teología, en veinticinco tomos? Se trata de la lengua de Fenelón. Cinco duros por tomo.”
—Bueno, seré épico—se dijo Jesús resignado.—Traduciré los veinticinco tomos. Y ésta es la primera estación. Las que faltan se recorrerán en el segundo y último capítulo de esta historia, arrancada á la realidad.