Murias empezó á observar al crítico mas en silencio. Pero cada vez más humilde. Bisturí acabó por fijarse en aquel tipo que venía semanas y semanas á pedir que lo pusieran en parrillas si lo merecía, pero que se hablara de él, y que lo pedía poniendo el rostro á todos los desaires.

Todavía no había dicho nada del libro Sencillo, cuando ya era casi como de la casa, á fuerza de trato y familiaridad, Jesús Murias.

Casi convencido de que no tendrían eco los Ecos, empezó á alimentar otra esperanza... pensando en que necesitaba alimentarse él. Se habían acabado los cuartos de Niceno. Jesús aspiraba á ser meritorio en El Erizo. Pérezbueno á los colaboradores regalados no les miraba el diente. Pero no había plaza. No había dónde poner un alfiler ni un galicismo en el periódico.

Cierto redactor maleante—que era el que se comía los caramelos del sacerdote con púas—propuso, con la mayor seriedad, que Murias entrase á formar parte de la colaboración de El Erizo en la sección... de fajas.

“Podía escribirlas; no pegarlas, por supuesto.”

Murias no le tiró un tintero ni nada al redactor maleante.

No aceptó el empleo. Pero sí otro que le ofreció el director. Fué de cronista á la tribuna del Senado.—¿Quiere usted que sea cáustico?—Sea usted el pimiento del baturro zaragozano...

Al día siguiente aquel poeta llamaba animal al respetable presidente de la Cámara alta; dudaba, con ironía, de la honradez de tres generales victoriosos y dirigía alusiones pornográficas á lo más augusto. Presidio seguro para toda la redacción si se publicaba aquello.

El Erizo siguió sin clavarse en la ley de imprenta como hasta entonces. Y las crónicas del Senado firmadas por Arquiloco salían todos los días.