Cuando llegaron á la saltadera los del primer grupo, Manín dejó el paso libre. Los más eran aldeanos que le conocían bien; dos ó tres que eran de la villa le dieron el pésame otra vez, le estrecharon la mano. Manín gruñó agradecido, pero algo turbado, como temiendo que aquel honor no le correspondiera, en concepto de su yerno, el viudo, y esto pudiera costarle el asiento que tenía á la mesa.

Roque llegó con el último grupo, con el cura de la parroquia, el arcipreste y otros clérigos. No se dignó mirar al padre de su difunta. Entre la gente del duelo ya se notaba que empezaba á ser tema viejo y gastado el del triste suceso que allí los reunía y los daba de comer aquel día. El elemento laico mostraba más hipocresía ó más cuidado de las formas; aún se repetían los lugares comunes que debieran servir de consuelo y no sirven; se conservaban los rostros con expresión compungida. El clero disimulaba menos su indiferencia, y esta franqueza del egoísmo inconsciente tiene algo de relativamente simpática. Enterrar al prójimo era el oficio de aquellos buenos párrocos y capellanes sueltos; de eso vivían; de modo que no era cosa de llorarlo. Además, sin darse cuenta de ello, los curas mostraban, entre los aldeanos, cierto aire de superioridad, así como de casta, ó por lo menos de clase. Hablaban y bromeaban en presencia de los destripaterrones casi con la misma libertad que empleaban en sus gaudeamus de las fiestas, cuando todos eran de Iglesia. Las bromas y libertades de los clérigos rurales podían no ser del mejor gusto, ni graciosas, ni correctas; pero eran inocentes, casi infantiles. Faltaban á ciertas reglas de urbanidad clerical, si cabe hablar así, que hubiera exigido la presencia de un obispo, v. gr. Pero que ofendiesen á Dios aquellas maneras algo descompuestas, no es cosa segura.

Roque, de vuelta del entierro, ya era otro. Pensaba exclusivamente en sus huéspedes, no en la difunta. El gesto de vinagre se atenuó; quedaba el traje negro de invierno encargado de recordar el papel social que representaba el viudo. Servir bien á los señores sacerdotes, y á los de la villa, y como se pudiera á los demás, éste era ya el único afán del que iba á quedarse con la casería de que ya era dueño, de hecho, hacía tantos años.

—¡Señores, á la mesa!—dijo Roque con tono solemne y algo fúnebre, en pie, en medio de la puerta del corral, donde estaban muchos curas examinando las vacas y los recentales.

—¡Santa palabra!—se atrevió á decir un capellán, picado de viruelas, pequeño, vivaracho, que hacía alarde de ser travieso, franco y todo lo mundano que las sinodales permitían.

Subieron todos al comedor, improvisado en la sala del piso alto, estrecha, oscura y mal pintada de amarillo y verde; lujo introducido por Roque, que era ambicioso y aspiraba al sibaritismo, allá, para cuando ahorrara bastante.

Una cabecera la ocupó el arcipreste y otra el párroco de Llantones, que fué diciendo:

—Aquí Jove, aquí Puao, aquí Contreces, aquí Granda...

Y así fué señalando silla á cada uno de los curas designándoles con el nombre de la respectiva parroquia, si la tenían.