Á la derecha del arcipreste sentaron á Manín; á la del párroco de Llantones se sentó Roque.
Manín hubiera sentido orgullo delicuescente si hubiera sido capaz de apreciar que aquello del sitio era un honor. Pero él no picaba tan alto en materia de pompas y vanidades, como la inspección de los pucheros y ollas le habían dado la seguridad de que sobraba comida, hasta para los pobres, no daba importancia al sitio, sino al hecho de estar sentado á la mesa. El dónde, importaba poco.
—¡Don Manuel, ánimo! ¡Hay que comer, qué diantre!—dijo don Primitivo, el curita de las viruelas, que estaba cerca del aturdido Manín.
—Sí, señor; ya lo creo. Comeremos... ¡qué remedio!...
Iba á suspirar, pero lo dejó, porque lo reputó una excusada y repugnante hipocresía. Su Ramona, que le vería desde el cielo, ó desde el purgatorio, de fijo aprobaría su conducta; además, con ella, con su hija, no tenía para qué andarse con cumplidos: harto sabía ella que su padre no había comido cosa fina, comida de curas nada menos, muchos años hacía. ¿Cómo no habían de alegrársele los sentidos? ¡Olía tan bien la sopa humeante! Estaba la mesa tan blanca, el pan parecía tan tierno, tan caliente y generoso el vino... ¡Quién dijo pena!... es decir, pena sí, claro; pero luego, luego... á otra hora, otro día... muchos días... ¡sí, carape, muchos días!... más cada día, acaso... ¡Recontra! ¡pues no iba á ponerse á pensar en aquello tan negro, tan triste!...
—¿Arroz ó fideos... Manín?—preguntó el arcipreste.
—Mezámelo, mezámelo—contestó el padre de Ramona con humildad y candor de paloma.
Quería decir que le dieran fideos y arroz.
Comía, devoraba Manín; á dos carrillos; engullía de prisa, como perro ó gato que asalta una despensa, mirando receloso á su yerno entre bocado y bocado. Roque estaba muy ocupado con sus atenciones de amo de casa que quiere agasajar á los huéspedes. Por eso—pensaba Manín—le dejaba á él comer todo lo que quería.
Sonreía el padre de la difunta á derecha é izquierda, mirando á todos con expresión de agradecimiento y ternura, como diciendo: ¡Gracias, señores; gracias por admitir al mísero padre de Ramona, que en paz descanse, á esta mesa tan bien servida, donde va á sacar la tripa de mal año, de muchos malos años!