La primera copa de buen vino de Toro la recibió el cuerpo de Manín como si con ella le hubiesen ungido rey y emperador de la felicidad terrenal. ¡Qué cosas de cariño, de intimidad caliente, familiar, llena de recuerdos dulcísimos, le decía el jugo de la uva al caerle por la garganta abajo!

Vino el primer cocido, el puchero fresco, lleno de golosinas, tales como buen chorizo, jamón, menudos de gallina, tocino rancio, y Manín dejó que le llenara Don Primitivo el plato, hasta convertírselo en pirámide, de todas aquellas delicias del estómago.

La conversación empezaba á animarse. No había ya reserva alguna, hipocresía de ningún género, ni aun por parte del elemento laico, que antes fingía cierta pena. Así como cuando hay fiesta nadie se acuerda del santo, ahora nadie se acordaba de la difunta, á cuya salud... eterna estaba comiendo toda aquella concurrencia de cristianos tibios.

Se habló de la cosecha, del último concurso convocado por el señor obispo, de los masones; pero la alegría franca, aunque no descarada ni de manifestaciones bulliciosas, no se mostró hasta que comenzaron los chascarrillos. Á Manín le parecía inagotable el vino, y como el vino los cuentos; creía que aquellos señores curas sacaban del fondo de los vasos todas aquellas historias que acababan siempre por un chiste, que reían todos, y que él no entendía las más veces, pero celebraba también con una carcajada y un trago. Los cuentos eran, los más, relativos al clero; solía ser el héroe un famoso cura de La Parada, á quien Manín estaba admirando y envidiando, como César á Alejandro. ¡Si él hubiera sido párroco! ¡Qué tragos, qué pitanzas, qué comilonas!


Vino la morcilla, con las fabes y el llacón y la sidra. ¡Madre de Dios, qué recuerdos de dicha olímpica despertaban en las entrañas de Manín aquellos olores! Sí, en las entrañas; porque eran recuerdos, sensaciones, deleite de paladar alucinado por evocaciones de remota harturas; asociación de ideas, y aún más, de voluptuosidades; sentimentalismo de la gula... ¡qué sabía el pobre Manín! Pero ello era un encanto, estómago y corazón participaban de la delicia...

¡La juventud, la abundancia... el pasado... su madre, su mujer... su hija... sus ensueños!... Manín aflojó el cinto ruin con que sujetaba los pantalones, se limpió el sudor de la frente con la servilleta... y se bebió de un trago un vaso de vino tinto.

Carne asada, un pato, calabacines rellenos... todo eso fué pasando por la mesa y de todo comió el de Pepa José como por cuatro; y de camino bebía como seis...

Indudablemente, el mundo ya le parecía otro: quería pensar y echaba de menos lo que él no sabía que se llamaba lógica; quería sentir y sentía cosas extrañas, ilógicas también; por ejemplo: perdonaba á su yerno y le abrazaba, in mente y al recordar á Ramona no le dolía mucho por dentro, sino que la veía como en el centro de la tierra muerta de risa y contenta de ver á su padre tan bien comido y en camino de coger una borrachera de las que se duermen dos días...

Manín, sin miedo á su yerno ni al arcipreste, rompió á hablar alto, y contó cuentos verdes, y filosofó á su modo acerca de la comunión de los santos y el perdón de los pecados. Dijo lo que quiso, nadie le fué á la mano. El infeliz creía que todos estaban tan exaltados como él; no podía notar que desentonaba, que la alegría de los demás era contenida, expresiva sin estrépito, sobre todo, sin imprudencias, sin paradojas sentimentales... Nada de eso podía ver, se puso en pie, peroró, lloró, abrazó á diestro y siniestro... y cuando llegó la hora de los licores, abrazado á la botella de aniseta, pegajoso y dulzón, cantó á su modo, en prosa bable, una égloga elegíaca, invocando el derecho de gozar del presente, de aquella orgía, que lo era para él la comilona; y se esforzaba en compaginar, con palabras incoherentes, el dolor y la alegría, su desgracia cierta y su pasajera delicia, con no menos poesía, en el fondo, y no menos incomprensible para el vulgo, que Shelley cuando quiere en el Epipsychidion armonizar el amor á dos mujeres á un tiempo.