Roque dejaba á su suegro disparatar, desentonar, descomponerse, escandalizar... Le convenía... Ya lo veían aquellos señores; testigos eran: quedaba explicado por qué él trataba al padre de su difunta como á un perro... Si se le dejaba comer y beber bien, se ponía así, loco...
El escándalo fué mayúsculo. “Tenía razón Roque: su suegro era imposible.” La opinión, en las aldeas del contorno, fué unánime. En la comida del entierro nadie, ni los más indiferentes al duelo de la casa, se habían extralimitado. Se había querido, como siempre, distraer á la familia, contando chascarrillos, animando la conversación, pero todo con cierto tino, sin salir del tono conveniente... y él, Manín, el padre de la difunta, se había emborrachado, y había cantado coplas sucias y había llorado... vino y sidra... ¡Horror!
Algunos meses después, ni Roque, ni el párroco de Llantones, ni el arcipreste, ni ninguno de aquellos comensales tan morigerados se acordaban ya, ni en sus cortas oraciones, de la pobre Ramona, que comía tierra. De lo que sí se hablaba algunas veces todavía era del escándalo que había dado Manín de Pepa José en la comida de los funerales de su hija...
Manín volvió á su choza miserable, á su vida de perro pastor; decrépito, comiendo como un anacoreta... borracho de lágrimas, de recuerdos, de necesidad... lleno de lástima de sí mismo... y viendo el mundo vacío, enemigo, con él porque por él ya no cuidaba aquella hija que parecía ruda y era como el aire, como la luz, como el calor... La necesitaba, con ansias de enfermo caduco... y ella no venía, no volvía, no podía volver...
Manín deseaba un remedio que no sabía buscar, en sus cortos alcances; el remedio que él quería era el suicidio, pero no daba con él. Los animales no suelen suicidarse, aunque padecen mucho á veces. Manín era como un rocín viejo, podrido, desamparado... que no sabía suicidarse. Acaso estaba chocho, con la idea-dolor fija de su Ramona... que no estaba allí, en Llantones... en la casería... para compadecerse del pobre viejo, y darle aire, luz, calor... vida... la vida aquélla que ni se marchaba ni se quedaba; que él tenía y no tenía... Para su delirio de penas, Ramona ausente era el sol muerto, y él, Manín, desnudo, en la calle, tiritando de frío... ¡con miedo, con sed, con hambre!...