Lo que Julita Frondoso, anciana respetable, muy bien conservada, le pedía á Ibáñez era, efectivamente, unos versos para un abanico de Luz. Luz tenía también álbum-abanico, ó mejor, lo tenía su madre á nombre de Luz. La arrogante moza, figura de Diana, era pura, noble, enérgica; si coqueteaba, era por procedimientos que nada tenían que ver con las letras ni con los abanicos.
Pero Trabanco, al oir lo del álbum, miró á la virgen arrogante y tranquila, y un momento temió que el álbum de la hija, sugestión de la madre, fuera un registro simbólico, como aquel otro abanico en que él había escrito: “El molino viejo”...
Por lo demás, Trabanco y la de Frondoso se miraban y se sonreían, como dos antiguos conocidos que nada recordaban de intimidades y ternezas... Aún Trabanco, como poeta, daba cierto tinte de filosófica añoranza á las reminiscencias comunes... pero la de Frondoso, nada absolutamente, nada parecía recordar; es decir, se acordaba de todo, pero como si no. En una casa que veían enfrente habían tenido su nido de amores, pues allí vivía Ángel, y allí le visitaba Julita. Trabanco lo recordó, miró á la casa, al balcón de su gabinete... También, por casualidad, la de Frondoso miró hacia allí... pero sin pensar en nada remoto, pensando en Ibáñez, en Luz... en el álbum, en los versos que Ibáñez prometía llevar al teatro al día siguiente...
¡La de Frondoso! ¡Oh! una señora muy respetable. Aquella gente nueva nada malo sabía de tal dama; se había olvidado su vida alegre; no era ya nadie más que la madre amabilísima de una de las muchachas más hermosas y elegantes de Madrid... En cuanto al álbum-abanico... era una manía inocente, inofensiva, que todos seguían respetando.
Trabanco, viendo seguir calle arriba á la dama vistosa, siempre alegre... siempre frívola; sin los vicios que la edad le había hecho abandonar, pero con la manía que era como la cáscara, ya vacía, del vicio, pensó para sus adentros una porción de cosas, filosóficas como ellas solas, de una filosofía ni pesimista ni optimista... casi cómica.
Y se dijo lleno de benevolencia irónica...
—¡Qué diferencia entre Julita Frondoso... y la Magdalena.