—¡Oh! eso es modestia... ¡Oh, Trabanco! Usted por aquí... cuánto tiempo...

—Sí, señora; catorce años lo menos...

—Sí, catorce...

—¿Y ésta es?

—Luz...

—¿Bebé?

—Sí, Bebé... ¿Ha crecido, eh?

Y Luz, sonriente, sencilla, natural, mucho más natural que los versos de Trabanco, miró y saludó con un apretón de manos, al antiguo amante de aquella madre de quien ella nada malo sabía ni sospechaba.

Siguió la conversación entre las señoras, Ibáñez y Trabanco. Ibáñez era poeta también, pero de otra generación... literaria, aunque poco menos viejo que Trabanco. Pero Ibáñez estaba de moda, era entre místico y diabólico y con las señoras tenía mucho más partido que Trabanco había tenido en sus mejores tiempos. Además, vivía casi siempre en París ó en Londres, y esto le refrescaba la fama como si fuera sal.