Subieron y bajaron varias veces los suyos, y Arqueta llegó á verse con méritos suficientes para entrar en una combinación, para ser ministro, siquiera fuese temporero... que ya sabría él aprovechar la temporada y aunque fuese el temporal. Un inconveniente de jerarquía encontraba: que siendo ministro era tanto como su padrino y no estaba bien. Pero fué el caso que las circunstancias hicieron que Medianez estuviera indicadísimo para presidir un ministerio de transición, de perro chico, sin ministros de altura; pero que podían ser todo lo largos que quisieran. Y allí estaba él. Presidente Medianez y él, Arqueta, en Fomento ó donde Dios fuera servido... ¿por qué no? Así las categorías seguían respetándose, pues el presidente seguía siendo el jefe, el amo...
¿Por qué no entraba él en las candidaturas que preparaba Medianez por si le llamaban?
Siempre había atribuido á las faldas de Conchita la fuerza decisiva, cuando había que influir en el ánimo de Medianez y hacerle servir en caso grave los intereses de Arqueta. Ahora había que apretar por este lado.
“¡Lo que puede el amor!, pensaba Arqueta. Todo el mundo dice, y es verdad, que Medianez sabe llevar con dignidad los pantalones; que no es de los políticos que dejan que gobierne su mujer. En efecto, yo noto que Conchita no suele imponerse á su marido; más bien le teme que le manda... y, sin embargo, en todo lo referente á mis cosas ¡como una seda! Pido una gollería, Medianez se enfada, Concha vacila... aprieto yo, se sacrifica ella, pido, ruego, insisto, mando, y... ¡conseguido!
“Ahora el empeño es grave. Pero hay que echar el resto. Medianez ve en mí poco ministro; tiene mil compromisos... ¡No importa, venceré!... Apretemos.”
—¿No te parece á ti que debo apretar?, le decía á su mujer. Y Juana, sin vacilar, contestaba:
—¡Pues es claro! ¡Aprieta!
Ella también seguía cultivando la amistad de la de Medianez y la del ministro mismo; pero, es claro, que pasando lo que pasaba, y que su esposa, naturalmente, no sabía, Arqueta no creía decoroso que Juana apretase también; aparte de que lo que él no lograra menos lo conseguiría su pobre mujercita.
La ministra juraba y perjuraba que ella tenía en perpetuo asedio á su marido para que diera un ministerio, si formaba gabinete, al pobre Mariano, que era el hombre de mayor confianza que tenían.
—Pero, desengáñate, digas tú lo que quieras yo no mando en Medianez tanto como tú crees. Me hace caso cuando cree que tengo razón. Así hablaba, en sus intimidades, la ministra á su amante; pero éste no se daba á partido; insistía, insistía; aprieta que apretarás.