Era el caso que, por una de esas combinaciones tan comunes en la política de bastidores (la que gustaba á Mariano), Medianez estaba haciendo el juego de aquel jefe del partido contrario que decía epigramas contra Arqueta. El jefe de Medianez no quería ministerios de transición; el enemigo sí, porque no estaba propuesto para entrar en el Gobierno; necesitaba dividir al adversario, desacreditar á un Gabinete intermedio y llegar él á tiempo y como hombre prevenido. Medianez y Arqueta bien veían el juego, pero como la coyuntura era única para que Medianez fuera presidente del Consejo, estaban decididos á comprar aquellos rábanos, que pasaban, y caiga el que caiga.

Lo que no sabía Arqueta era que el jefe del partido contrario, que ayudaba á subir á la presidencia á Medianez, ponía sus condiciones al personal del Gabinete futuro, y había declarado que Arqueta no era persona grata.

Medianez ocultaba á su amigo las batallas que reñía con aquel señorón para obligarle á transigir con el diputado por Polanueva, á quien él quería á todo trance llevar consigo al Gabinete que iba á presidir.

En fin, para abreviar, vino la crisis, que fué laboriosa; hubo soluciones á porrillo; ministerios de altura y ministerios de perro chico... y por fin ¡oh alegría! vino un ministerio que “nacía muerto” según las oposiciones, pero nacía, que era lo principal: el ministerio Medianez.

¡Y Arqueta entraba en Fomento!

¡Qué escena, la de Arqueta con la ministra, cuando supo que estaba él en la lista de ministros!

Concha estaba muy contenta, claro; pero mucho más preocupada. No salía de su asombro. Estaba segura de no haberle arrancado á su marido palabra redonda de hacer ministro al buen Arqueta. Pero, en fin, ya era un hecho.

Con su mujer estuvo Mariano menos expansivo, porque tenía ciertos resquemores de conciencia, aunque muy leves... Al fin, era por una infidelidad conyugal por lo que llegaba á la anhelada poltrona... ¡Pobre Juana! Pero, qué diantre, como ella no estaba en el secreto y se veía ministra, también debía alegrarse muchísimo.

Ya lo creo que se alegraba. Estaba radiante de alegría. Ella fué la que encargó á escape el uniforme, ó lo sacó de la nada, de repente, según lo pronto que estuvo listo.

Á las once de la mañana iban á jurar y á las diez Juana ya había vestido, con sus propias manos, á su marido el vistoso uniforme, reluciente de oro, con que iba á entrar en la brega ministerial. La casa se había llenado de amigos y amigas. Y, ¡oh colmo del honor y de la amabilidad!, á las diez y media recibió el matrimonio un volante de Medianez en que decía: “Espéreme usted: voy yo á buscarle en mi coche y á dar la enhorabuena personalmente á Juana.”