Á la cual se le cayeron las lágrimas al leer esto.
¡Qué triunfo!
Llegó el presidente nuevo, Medianez, de uniforme también, aunque no tan flamante como el de Arqueta.
Aquella casa era una Babel.
Arqueta... tuvo un momento de debilidad.
Todos le decían que estaba muy guapo con el uniforme; pero el caso era que él, por no parecer fatuo, no había podido mirarse á su gusto en un espejo, vestido de uniforme. ¡Y era el sueño de su vida!
Tuvo que confesarse que su dicha no hubiera sido completa aquel día, si no hubiese podido aprovechar dos minutos para contemplarse á solas, á su gusto, en el espejo, adorando su propia imagen ministerial. En su gabinete ¡dónde mejor! Allí donde tanto había soñado con el triunfo, quería verla reflejada en aquel armario de espejo que tantas veces le había invitado á confiar en la explotación del físico.
Nada más fácil, entre el barullo de la multitud que llenaba la casa, que eclipsarse un momento...
Sin que nadie le echara de menos, con las precauciones de un ratero, Arqueta se dirigió á su gabinete. Atravesó el despacho; la puerta estaba entreabierta... enfrente estaba el armario en cuya clara luna se quería contemplar.
¡Demonio! Antes de que las leyes físicas permitieran que Arqueta pudiera verse reflejado en el espejo... vió en él, con toda claridad... un uniforme de ministro. ¡Era el presidente!