Pero no estaba solo; en el espejo también vió Arqueta la imagen de Juana la regordeta... con cuyas mejillas de rosa hacía Medianez, el presidente sin cartera, lo mismo que él, Arqueta, había hecho la noche anterior en las mejillas, menos frescas, de la esposa del presidente.

Arqueta dió un paso atrás. No entró en su gabinete... Entró en el otro, en el que presidía Medianez, es decir, presidir también presidía el de Arqueta, por lo visto... pero, en fin, se quiere decir que, rechazando el primer impulso de echarlo todo á rodar, se decidió á sacrificarse en aras de la patria. Pensó primero en desgarrar el uniforme que le quemaba, ó debía quemarle el cuerpo, como la túnica de... no recordaba quién; pero, no desgarró nada... y cinco minutos después llegaba en el coche de Medianez á casa de éste, donde aguardaban otros ministros y muchos políticos importantes. Allí estaba el protector de la nueva situación, el del epigrama, que iba á gozar de su triunfo subrepticio.

Arqueta reparó que le miraba y le saludaba aquel prócer con sonrisa burlona, tal vez despreciativa. Hubo más. Notó que en un grupo que rodeaba al ilustre jefe de la minoría, se celebraba con grandes carcajadas chistes que el señor del epigrama decía en voz baja... Y á él, á Mariano Arqueta, le miraban los del grupo con el rabillo del ojo.

Sólo pudo oir esto que dijo el protector del ministerio en voz alta y solemne:

¡Sic itur ad astra!

Carcajada general.

—“Sí, pensó Arqueta, eso va conmigo; el que sube así á las estrellas... soy yo!”

Y se puso como un tomate.

—Arqueta—gritó en aquel instante el cáustico jefe de la minoría, dirigiéndose al nuevo ministro de Fomento:—Arqueta, la calumnia ya se ceba en usted.

—¡Cómo! ¿Qué dicen?