—Que no va usted á jurar... sino á prometer por su honor. Absurdo, ¿verdad? ¡Calumnia!...

EL VIEJO Y LA NIÑA

Viejo precisamente... no. Pero comparado con ella, sí; podía ser su padre. Eso bastaba para que los dos se vieran separados por un abismo de tiempo; y lo mismo que ellos, la madre de ella y el mundo, que los dejaba andar juntos y solos por teatros y paseos, sin desconfianza ni sospechas de ningún género. Era él primo de la madre, y ésta pensando en que, de chicos, habían sido algo novios, sacaba en consecuencia que dejar á su hija confiada á aquel contemporáneo suyo no ofrecía ningún peligro, ni podía dar que decir á la malicia.

Años y años vivieron así.

Si queréis figuraros cómo era él, recordad á Sagasta, no como está ahora, naturalmente, sino como estaba allá, por los días en que dijo que iba “á caer del lado de la libertad”... sin romperse ningún peroné, por entonces. Tenía don Diego facciones más correctas que don Práxedes, pero el mismo no sé qué de melancolía elegante, simpática. Tenía el pelo negro todavía, con algo gris nada más en un bucle, sobre la sien derecha. En aquel rizo disimulado había una singular tristeza graciosa, que armonizaba misteriosamente con la mirada entre burlona y amorosa, algo cansada, y triste, con resignación que dan la piedad y la experiencia. Vestía con gusto según la elegancia propia de su edad.

Ella... era todo lo bonita que ustedes quieran figurarse. Morena ó rubia, no importa. Dulce, serena, de humores equilibrados, eso sí.

Volvían del Retiro en una tarde de Septiembre, al morir el día. Habían estado en una tertulia al aire libre, rodeados, mientras ocupaban sillas del paseo, de una media docena de adoradores que á Paquita no le faltaban nunca. Eran todos jóvenes de pocos años; muy escogidos gomosos, como entonces se decía, de la más fina sociedad. No eran Sénecas, ni habían asado la manteca. Uno á uno, aislados, no empalagaban. Todos juntos, parecían ecos repetidos de la misma insustancialidad. Costaba trabajo distinguirlos, á pesar de las diferencias físicas.

Paquita, al llegar á la Puerta de Alcalá, se cogió del brazo de su inofensivo amigo, que venía un poco preocupado, algo conmovido, pero no con pensamientos tristes.