—¿Pero, ves, que he de estar condenada á bebé perpetuo?

—¿Cómo bebés? Eduardo ya tiene lo menos veinte años y Alfredo sus diez y nueve.

—¡Ya ves qué gallos!

—¿Y para qué quieres tu gallos?

Callaron los dos. Demasiado sabía don Diego que á Paquita no le gustaban los pocos años. De esto habían hablado mil veces, con gran complacencia del muy socarrón amigo, y, como tutor callejero de la niña.

Varios novios le había conocido don Diego á Paquita; como que él era su confidente en casos tales. Pero duraban siempre los amores inocentes de aquella niña, poco, y ahondaban casi nada en su espíritu. Por vanidad, por curiosidad, por agradar á la madre, que quería relaciones que fueran formales y procurasen una posición segura á la hija, admitía aquellos escarceos amorosos Paquita; pero, en rigor nunca había estado todavía “lo que se llama enamorada”. También esto lo sabía don Diego; y ella se lo repetía á menudo, casi orgullosa de aquel modo de sentir suyo, y se lo decía una vez y otra vez á su amigo y Mentor, como quien insiste en una obra de caridad.

En tantos años de vida íntima, de familiaridad constante, jamás de los labios de don Diego había salido una palabra que pudiese tomar Paquita por atrevimiento de galán con pretensiones. En cambio, su vida común estaba llena de elocuentísimos silencios; y en los contactos indispensables en paseos, teatros, iglesias, bailes, etc., etc., ni nunca había habido deshonestos ademanes, ni siquiera insinuaciones que la joven hubiese podido llevar á mala parte, había tenido por uno y otro lado no confesada delicia.

Paquita se fijaba en que los novios cambiaban y el amigo viejo siempre era el mismo. Sin decírselo, los dos sabían que el otro pensaba esto; que era mucho más serio aquel contrato innominado de su amistad extraña, que los amoríos pasajeros, casi infantiles, de la niña.

Otra cosa sabían los dos: que Paquita estimaba en todo lo que valía la pulquérrima conducta de don Diego, que jamás, ni con disculpa del grandísimo deseo ni con disculpa de la insidiosa ocasión, había sucumbido á las tentaciones que el íntimo y continuo trato le hacía padecer. Jamás el más pequeño desmán... y eso que la frialdad y apatía ni el más ciego podía señalarlas como causa de aquella prudencia sublime. Él y ella se acordaban de los besos que cuando Paquita era niña, niña del todo, regalaba al buen señor, y aquello había concluido para no volver; y don Diego había sido el primero á renunciar, sin que mediaran explicaciones, es claro, á tamaña regalía.