—¿Por qué has reñido con Periquillo?—le preguntaba en una ocasión el viejo á la niña.
—Porque se empeñaba en que me estuviera al balcón las horas muertas, viéndole pasear la calle, y yo no quise... porque me aburría.
Y los dos reían á carcajadas, pensando en aquel modo tan singular de querer á sus novios que tenía Paquita.
Aquella tarde volvía muy contento, para sus adentros, don Diego, porque en la tertulia, al aire libre, en el Retiro, él había lucido su ingenio, con gran naturalidad y modestia, á costa de aquellos pobres sietemesinos. Paquita le había admirado, echando chispas de entusiasmo contenido por los ojos; bien lo había reparado él. Por eso volvía tan satisfecho... y con una tentación diabólica, que mil veces había tenido, pero á que siempre había resistido... y que ahora no creía poder resistir.
Llegaron al Prado y á Paquita se le ocurrió sentarse allí otra vez. La tarde, ya cerca del obscurecer, estaba deliciosa; y declaró la niña que le daba pena meterse en casa tan pronto, perder aquel crepúsculo, aquella brisa tan dulce...
Se sentaron, muy solos, sin alma viviente que reparase en ellos.
Hablaron con gran calor, muy alegres los dos, sin saber por qué, los ojos en los ojos.
—¿En qué piensas?—preguntó Paquita al ver de pronto ensimismado á don Diego.
—Oye, Paca... ¿Quién es en el mundo la persona, sin contar á tu madre, de tu mayor confianza?