—¿Quién ha de ser? Tú.
—Bueno, pues...—y don Diego empezó á decir unas cosas que dejaba atónita á la niña. Él habló mucho, con mucha pasión y muchos circunloquios. Nosotros tenemos más prisa y menos reparos, y tenemos que decirlo todo en pocas palabras.
Ello fué algo así: don Diego propuso que jugaran á un juego que era una delicia, pero al cual sólo podían jugar dos personas de sexo diferente, si el juego había de tener gracia, y que se fiaran en absoluto la una de la otra. Era menester que se diera mutua palabra, seguro cada cual de que el otro la cumpliría, de no sacar ninguna consecuencia práctica del juego aquél; que por eso era juego. Consistía la cosa en confesarse mutuamente, sin reserva de ningún género, lo que cada cual pensaba y sentía y había pensado y sentido acerca del otro; lo malo, por malo que fuere, lo bueno por bueno que fuera también. Y después, como si nada se hubiera dicho. No debía ofenderse por lo desagradable, ni sacar partido de lo agradable.
Paquita estaba como la grana; sentía calentura; había comprendido y sentido la profunda y maliciosa voluptuosidad moral, es decir, inmoral, del juego que el viejo la proponía. Había que decir todo, todo lo que se había pensado, á cualquier hora, en cualquier parte, con motivo de aquel amigo; cuantas escenas la imaginación había trazado haciéndole figurar á él como personaje...
Paquita, después de parecer de púrpura, se quedó pálida, se puso en pie, quiso hablar y no pudo. Dos lágrimas se le asomaron á los ojos. Y sin mirar á don Diego, le volvió la espalda, y con paso lento echó á andar camino de su casa.
El viejo asustado, horrorizado por lo que había hecho, siguió á la pobre amiga; pero sin osar emparejarse con ella, detrás, como un criado.
No se atrevía á hablarle. Sólo, al llegar al portal de la casa de ella, osó él decir:
—Paquita, Paquita, ¿qué tienes? Oye: ¿Qué tienes? ¿Yo, qué te he hecho? ¿Qué dirá mamá?...
Ella, sin contestarle, ni mover la cabeza, la movió lentamente con signo negativo.
No, no hablaría: su madre no sabría nada... Pero al llegar á la escalera echó á correr, subió como huyendo, llamó á la puerta de su casa apresurada, y cuando abrieron desapareció, y cerró con prisa, dejando fuera al mísero don Diego.