La biblioteca de don Eufrasio era una habitación abrigada, tan herméticamente cerrada á todo airecillo indiscreto por lo colado, que no había recuerdo de que jamás allí se hubiera tosido ni hecho manifestación alguna de las que anuncian constipado; don Eufrasio no quería constiparse, porque su propia tos le hubiera distraído de sus profundas meditaciones. Era, en fin, aquélla una habitación en que bien podría cocer pan un panadero, como dice Campoamor. Junto á la mesa escritorio estaba un brasero todo ascuas, y al extremo de la sala, en una chimenea de construcción anticuada, ardían troncos de encina, que se quejaban al quemarse. Mullida alfombra cubría el pavimento; cortinones de tela pesada colgaban en los huecos, y no había rendija sin tapar, ni por lado alguno pretexto para que el aire frío del exterior penetrase atropelladamente, sino por sus pasos contados y bajo la palabra de ir calentándose poco á poco.
Largo rato pasé gozando de aquel agradable calorcillo, que yo juzgaba tan ajeno á la ciencia, siempre tenida por fría y casi helada. Creíame solo, porque de ratones no había que hablar en casa de Macrocéfalo, químico excelente, especie de Borgia de los mures. Yo callaba, y los libros también; pues aunque me decían muchas cosas con lo que tenían escrito sobre el lomo, decíanlo sin hacer ruido; y sólo allá en la chimenea alborotaban todo lo que podían, que no era mucho, porque iban ya de vencida, los abrasados troncos.
En vez de evacuar las citas que llevaba apuntadas, arrellanéme en una mecedora, cerca del brasero, y en dulce somnolencia dejé á la perezosa fantasía vagar á su antojo, llevando el pensamiento por donde ella fuere. Pero la fantasía se quejaba de que le faltaba espacio entre aquellas paredes de sabiduría, que no podía romper, como si fuesen de piedra. ¿Cómo atravesar con holgura aquellos tomos que sabían todo lo que Platón dijo, y que gritaban aquí ¡Leibnitz! más allá ¡Descartes! ¡San Agustín! ¡Enciclopedia! ¡Sistema del mundo! ¡Crítica de la razón pura! ¡Novum organum! Todo el mundo de la inteligencia se interponía entre mi pobre imaginación y el libre ambiente. No podía volar. ¡Ea!—le dije—; busca materia para tus locuras dentro del estrecho recinto en que te ve encerrada. Estás en la casa de un sabio; este silencio ¿nada te dice? ¿No hay aquí algo que hable del misterioso vivir del filósofo? ¿No quedó en el aire, perceptible á tus ojos, algún rastro que sea indicio de los pensamientos de don Eufrasio, ó de sus pesares, ó de sus esperanzas, ó de sus pasiones, que tal vez, con saber tanto, Macrocéfalo las tenga? Nada respondió mi fantasía; pero en aquel instante oí á mi espalda un zumbido muy débil y de muy extraña naturaleza: parecía en algo el zumbido de una mosca, y en algo parecía el rumor de palabras que sonaban lejos, muy apagadas y confusas.
Entonces dijo la fantasía: “¿Oyes? ¡Aquí está el misterio! Ese rumor es de un espíritu acaso; acaso va á hablar el genio de don Eufrasio, algún demonio, en el buen sentido de la palabra, que Macrocéfalo tendrá metido en algún frasco.” Sobre la pantalla de transparentes que casi tapaba por completo el quinqué colocado sobre la mesa, que yo tenía muy cerca, se vino á posar una mosca de muy triste aspecto, porque tenía las alas sucias, caídas y algo rotas, el cuerpo muy delgado y de color... de ala de mosca, faltábale alguna de las extremidades, y parecía, al andar sobre la pantalla, baldada y canija. Repitióse el zumbido, y esta vez ya sonaba más á palabras; la mosca decía algo, aunque no podía yo distinguir lo que decía. Acerqué más á la mesa la mecedora, y aplicando el oído al borde de la pantalla, oí que la mosca, sin esquivar mi indiscreta presencia, decía con muy bien entonada voz, que para sí quisieran muchos actores de fama:
—Sucedió en la suprema monarquía
de la Mosquea, un rey que, aunque valiente,
la suma de riquezas que tenía
su pecho afeminaron fácilmente.
—¿Quién anda ahí? ¿Hospes, quis es?—gritó la mosquita estremecida, interrumpiendo el canto de Villaviciosa, que tan entusiasmada estaba declamando; y fué que sintió como estrépito horrísono el ligero roce de mis barbas con la pantalla en que ella se paseaba con toda la majestad que le consentía la cojera.—Dispense usted, caballero, continuó reportándose, me ha dado usted un buen susto; soy nerviosa, sumamente nerviosa, y además soy miope y distraída, por todo lo cual no había notado su presencia.
Yo estaba perplejo; no sabía qué tratamiento dar á aquella mosca que hablaba con tanta corrección y propiedad, y recitaba versos clásicos.
—Usted es quien ha de dispensar—dije al fin, saludando cortésmente—: yo ignoraba que hubiese en el mundo dípteros capaces de expresarse con tanta claridad y de aprender de memoria poemas que no han leído muchos literatos primates.
Yo soy políglota, caballero; si usted quiere, le recito en griego la Batracomiomaquia, lo mismo que le recitaría toda la Mosquea. Éstos son mis poemas favoritos; para usted son poemas burlescos, para mí son epopeyas grandiosas, porque un ratón y una rana son á mis ojos verdaderos gigantes cuyas batallas asombran y no pueden tomarse á risa. Yo leo la Batracomiomaquia como Alejandro leía La Ilíada...