Arjómenos proton Mouson yoron ex Heliconos...

¡Ay! Ahora me consagro á esta amena literatura, que refresca la imaginación, porque harto he cultivado las ciencias exactas y naturales, que secan toda fuente de poesía; harto he vivido entre el polvo de los pergaminos, descifrando caracteres rúnicos, cuneiformes, signos hieráticos, jeroglíficos, etc.; harto he pensado y sufrido con el desengaño que engendra siempre la filosofía; pasé mi juventud buscando la verdad, y ahora, que lo mejor de la vida se acaba, busco afanosa cualquier mentira agradable que me sirva de Leteo para olvidar las verdades que sé.

Permítame usted, caballero, que siga hablando sin dejarle á usted meter baza, porque ésta es la costumbre de todos los sabios del mundo, sean moscas ó mosquitos. Yo nací en no sé qué rincón de esta biblioteca; mis próximos ascendientes y otros de la tribu volaron muy lejos de aquí, en cuanto llegó la amable primavera de las moscas y en cuanto vieron una ventana abierta; yo no pude seguir á los míos, porque don Eufrasio me cogió un día que, con otros mosquitos inexpertos, le estaba yo sorbiendo el seso que por la espaciosa calva sudaba el pobre señor; guardóme debajo de una copa de cristal, y allí viví días y días, los mejores de mi infancia. Servíle en numerosos experimentos científicos; pero como el resultado de ellos no fuera satisfactorio, porque demostraba todo lo contrario de lo que Macrocéfalo quería probar, que era la teoría cartesiana, que considera como máquinas á los animales, el pobre sabio quiso matarme, cegado por el orgullo, tan mal herido en aquella lucha con la realidad.

Pero en la misma filosofía que iba á ser causa de mi muerte hallé la salvación, porque en el momento de prepararme el suplicio, que era un alfiler que debía atravesarme las entrañas, don Eufrasio se rascó la cabeza, señal de que dudaba, en efecto, si tenía ó no tenía derecho para matarme. Ante todo, ¿es legítima á los ojos de la razón la pena de muerte? Y dado que no lo sea, ¿los animales tienen derecho? Esto le llevó á pensar lo que sería el derecho, y vió que era propiedad; pero, ¿propiedad de qué? Y de cuestión en cuestión, don Eufrasio llegó al punto de partida necesario para dar un solo paso en firme. Todo esto le ocupó muchos meses, que fueron dilatando el plazo de mi muerte. Por fin, analíticamente, Macrocéfalo llegó á considerar que era derecho suyo el quitarme de en medio; pero como le faltaba el rabo por desollar, ó sea la sintética que hace falta para conocer el fundamento, el porqué, don Eufrasio no se decidió á matarme por ahora, y está esperando el día en que llegue al primer principio, y desde allí descienda por todo el sistema real de la ciencia, para acabar conmigo sin mengua del imperativo categórico. Entretanto fué, sin conocerlo, tomándome cariño, y al fin me dió la libertad relativa de volar por esta habitación; aquí el aire caliente me guarda de los furores del invierno, y vivo, y vivo, mientras mis compañeras habrán muerto por esos mundos, víctimas del frío que debe hacer por ahí fuera. ¡Mas, con todo, yo envidio su suerte! Medir la vida por el tiempo, ¡qué necedad! La vida no tiene otra medida que el placer, la pasión desenfrenada, los accidentes infinitos que vienen sin que se sepa ni cómo ni por qué, la incertidumbre de todas las horas, el peligro de cada momento, la variedad de las impresiones siempre intensas. ¡Ésa es la vida verdadera!

Calló la mosca para lanzar profundo suspiro, y yo aproveché la ocasión, y dije:

—Todo eso está muy bien; pero todavía no me ha dicho usted cómo se las compone para hablar mejor que algunos literatos...

—Un día, continuó la mosca, leyó don Eufrasio en la Revista de Westminster que dentro de mil años, acaso, los perros hablarían, y, preocupado con esta idea, se empeñó en demostrar lo contrario; compró un perro, un podenco, y aquí, en mi presencia, comenzó á darle lecciones de lenguaje hablado; el perro, quizá porque era podenco, no pudo aprender; pero yo, en cambio, fuí recogiendo todas las enseñanzas que él perdía, y una noche, posándome en la calva de don Eufrasio, le dije:

—Buenas noches, maestro, no sea usted animal; los animales sí pueden hablar, siempre que tengan regular disposición; los que no hablan son los podencos y los hombres que lo parecen.

Don Eufrasio se puso furioso conmigo. Otra vez había echado por tierra sus teorías; pero yo no tenía la culpa. Procuré tranquilizarle, y al fin creí que me perdonaba el delito de contradecir todas sus doctrinas, cumpliendo las leyes de mi naturaleza. Perdido por uno, perdido por ciento uno, se dijo don Eufrasio, y accedió á mi deseo de que me enseñara lenguas sabias y á leer y escribir. En poco tiempo supe yo tanto chino y sánscrito como cualquier sabio español; leí todos los libros de la biblioteca, pues para leer me bastaba pasearme por encima de las letras, y en punto á escribir, seguí el sistema nuevo de hacerlo con los pies; ya escribo regulares patas de mosca.

Yo creía al principio, ¡incauta!, que Macrocéfalo había olvidado sus rencores; mas hoy comprendo que me hizo sabia para mi martirio. ¡Bien supo lo que hacía!