Ni él ni yo somos felices. Tarde los dos echamos de menos el placer, y daríamos todo lo que sabemos por una aventurilla, de un estudiante él; yo, de un mosquito.

¡Ay! Una tarde—prosiguió la mosca—me dijo el tirano: Ea, hoy sales á paseo.

Y me llevó consigo.

Yo iba loca de contenta. ¡El aire libre! ¡El espacio sin fin! Toda aquella inmensidad azul me parecía poco trecho para volar. “No vayas lejos”, me advirtió el sabio cuando me vió apartarme de su lado. ¡Yo tenía el propósito de huir, de huir por siempre! Llegamos al campo. Don Eufrasio se tendió sobre el césped, sacó un pastel y otras golosinas, y se puso á merendar como un ignorante. Después se quedó dormido. Yo, con un poco de miedo á aquella soledad, me planté sobre la nariz del sabio, como en una atalaya, dispuesta á meterme en la boca entreabierta á la menor señal de peligro. Había vuelto el verano, y el calor era sofocante. Los restos del festín estaban por el suelo, y al olor apetitoso acudieron bien pronto numerosos insectos de muchos géneros, que yo teóricamente conocía por la zoología que había estudiado. Después llegó el bando zumbón de los moscones y de las moscas, mis hermanas. ¡Ay! En vez de la alegría que yo esperaba tener al verlas, sentí pavor y envidia; los moscones me asustaban con sus gigantescos corpanchones y sus zumbidos rimbombantes; las moscas me encantaban con la gracia de sus movimientos, con el brillo de sus alas; pero al comprender que mi figura raquítica era objeto de sus burlas, al ver que me miraban con desprecio, yo, mosca macho, sentí la mayor amargura de la vida.

El sabio es el más capaz de amar á la mujer, pero la mujer es incapaz de estimar al sabio. Lo que digo de la mujer es también aplicable á las moscas. ¡Qué envidia, qué envidia sentí al contemplar los fecundos juegos aéreos de aquellas coquetas enlutadas, todas con mantilla, que huían de sus respectivos amantes, todos más gallardos que yo, para tener el placer, y darlo, de encontrarse á lo mejor en el aire y caer juntos á la tierra en apretado abrazo!

Volvió á callar la mosca infeliz; temblaron sus alas rotas; y continuó tras larga pausa:

—Nessun maggior dolore
Che ricordasi del témpo felice
Nella miseria...

Mientras yo devoraba la envidia y la vergüenza de tenerla y sentir miedo, una mosca, un ángel diré mejor, abatió el vuelo y se posó á mi lado, sobre la nariz aguileña del sabio. Era hermosa como la Venus negra, y en sus alas tenía todos los colores de iris; verde y dorado era su cuerpo airoso; las extremidades eran robustas, bien modeladas, y de movimientos tan seductores, que equivalían á los seis pies de las Gracias aquellas patas de la mosca gentil. Sobre la nariz de don Eufrasio, la hermosa aparecida se me antojaba Safo en el salto de Léucade. Yo, inmóvil, la contemplé sin decir nada. ¿Con qué lenguaje se hablaría á aquella diosa? Yo lo ignoraba. ¡Saber tantos idiomas, de qué me servía, no sabiendo el del amor! La mosca dorada se acercó á mí, anduvo alrededor, por fin se detuvo enfrente, casi tocando en mi cabeza con su cabeza. ¡Ya no vi más que sus ojos! Allí estaba todo el universo. Kalé, dije en griego, creyendo que era aquella lengua la más digna de la diosa de las alas de verde y oro. La mosca me entendió, no porque entendiera el griego, sino porque leyó el amor en mis ojos.

—Ven—me respondió hablando en el lenguaje de mi madre—: ven al festín de las migajas, serás tú mi pareja; yo soy la más hermosa y á ti te escojo, porque el amor para mí es capricho; no sé amar, sólo sé agradecer que me amen: ven y volaremos juntos; yo fingiré que huyo de ti...—Sí, como Galatea, ya sé, dije neciamente.—Yo no entiendo de Galateos, pero te advierto que no hables en latín; vuela en pos de mis alas, y en los aires encontrarás mis besos... Como las velas de púrpura se extendían sobre las aguas jónicas de color de vino tinto, que dijo Homero, así extendió sus alas aquella hechicera, y se fué por el aire zumbando: ¡Ven, ven!... Quise seguirla, mas no pude. El amor me había hecho vivir siglos en un minuto; no tuve fuerzas, y en vez de volar, caí en la sima, en las fauces de don Eufrasio, que despertó despavorido, me sacó como pudo de la boca, y no me dió muerte porque aún no había llegado á la metafísica sintética.