II
La mosca de mi cuento
Tras nueva pausa prosiguió llorando:
¡Cuánta afrenta y dolor el alma mía
halló dentro de sí, la luz mirando
que brilló, como siempre, al otro día!
Sí, volvimos á casa, porque yo no tenía fuerzas para volar ni deseo ya de escaparme. ¿Cómo? ¿Para qué? Mi primera visita al mundo de las moscas me había traído, “con el primer placer, el desengaño” (dispense usted si se me escapan muchos versos en medio de la prosa: es una costumbre que me ha quedado de cuando yo dedicaba suspirillos germánicos á la mosca de mis sueños). Como el joven enfermo de Chénier, yo volví herida de amor á esta cárcel lúgubre y sin más anhelo que ocultarme y saborear á solas aquella pasión que era imposible satisfacer; porque primero me moriría de vergüenza que ver otra vez á la mosca verde y dorada que me convidó al festín de las migajas y á los juegos locos del aire. Un enamorado que se ve en ridículo á los ojos de la mosca amada, es el más desgraciado mortal, y daría de fijo la salvación por ser en aquel momento, ó grande como Dios, ó pequeño como un infusorio. De vuelta á nuestra biblioteca, don Eufrasio me preguntó con sorna: “¿Qué tal, te has divertido?” Yo le contesté mordiéndole en un párpado: se puso colérico. “¡Máteme usted!” le dije.—“¡Oh! ¡Así pudiera! pero no puedo; el sistema no está completo; subjetivamente podría matarte; pero falta el fundamento, falta la síntesis”.
¡Qué ridículo me pareció desde aquel día Macrocéfalo! ¡Esperar la síntesis para matar, cuando yo hubiera matado á todas las moscas machos y á todos los moscones del mundo que me hubiesen disputado el amor, á que yo no aspiraba, de la mosca de oro! Más que el deseo de verla, pudo en mí el terror que me causaba el ridículo, y no quise volver á la calle ni al campo. Quise apagar el sentimiento y dejar el amor en la fantasía. Desde entonces fueron mis lecturas favoritas las leyendas y poemas en que se cuentan hazañas de héroes hermosos y valientes: la Batracomiomaquia, la Gatomaquia, y sobre todo, la Mosquea, me hacían llorar de entusiasmo. ¡Oh, quién hubiera sido Marramaquiz, aquel gato romano que, atropellando por todo, calderas de fregar inclusive, buscaba á Zapaquilda por tejados, guardillas y desvanes! Y aquel rey de la Mosquea, Salomón en amores, ¡qué envidia me daba! ¡Qué de aventuras no fraguaría yo en la mente loca, en la exaltación del amor comprimido! Dime á pensar que era un Reinaldos ó un Sigfrido ó cualquier otro personaje de leyenda, y discurrí la traza de recorrer el mundo entero del siguiente modo: pedirle á don Eufrasio que pusiera á mi disposición los magníficos atlas que tenía, donde la tierra, pintada de brillantísimos colores en mapas de gran tamaño, se extendía á mis ojos en dilatados horizontes. Con el fingimiento de aprender geografía pude á mis anchas pasearme por todo el mundo, mosca andante en busca de aventuras. Híceme una armadura de una pluma de acero rota, un yelmo dorado con restos de una tapa de un tintero; fué mi lanza un alfiler, y así recorrí tierras y mares, atravesando ríos, cordilleras, y sin detenerme al dar con el océano, como el musulmán se detuvo.
Los nombres de la geografía moderna parecíanme prosaicos, y preferí para mis viajes las cartas de la geografía antigua, mitad fantástica, mitad verdadera: era el mundo para mí según lo concebía Homero, y por el mapa que esta creencia representaba, era por donde yo de ordinario paseaba mis aventuras: iba con los dioses á celebrar las bodas de Tetis al océano, un río que daba vuelta á la tierra; subía á las regiones hiperbóreas, donde yo tenía al cuidado de honradísima dueña, en un castillo encerrada, á mi mosca de oro. Cazaba los insectos menudos que solían recorrer las hojas del atlas y se los llevaba prisioneros de guerra á mi mosca adorada, allá á las regiones fabulosas.
—Éste—le decía—fué por mí vencido, sobre el empinado Cáucaso, y aún en sus cumbres corre en torrentes la sangre del mosquito que á tus pies se postra, malferido por la poderosa lanza á que tú prestas fuerza, ¡oh mosca mía! con dársela á mi brazo por conducto del alma que te adora y vive de tu recuerdo.—Todas estas locuras, y aun infinitas más, hacía yo y decía, mientras pensaba don Eufrasio que estudiaba á Estrabón y Ptolomeo.—La novela en Grecia empezó por la geografía; fueron viajeros los primeros novelistas, y yo también me consagré en cuerpo y alma á la novela geográfica. Aunque el placer del fantasear no es intenso, tiene una singular voluptuosidad, que en ningún otro placer se encuentra, y puedo jurar á usted que aquellos meses que pasé entregado á mis viajes imaginarios, paseándome por el atlas de don Eufrasio, son los que guardo como dulces recuerdos, porque en ellos, el alivio que sentí á mis dolores lo debí á mis propias facultades.
Poetizar la vida con elementos puramente interiores, propios, éste es el único consuelo para las miserias del mundo: no es gran consuelo, pero es el único.
Un día don Eufrasio puso encima de la mesa un libro de gran tamaño, de lujo excepcional. Era un regalo de Año Nuevo, era un tratado de Entomología, según decían las letras góticas doradas de la cubierta. El canto del grueso volumen parecía un espejo de oro. Volé y anduve hora tras hora alrededor de aquel magnífico monumento, historia de nuestro pueblo en todos sus géneros y especies. El corazón me decía que había allí algo maravilloso, regalo de la fantasía. Pero yo por mis propias fuerzas no podía abrir el libro. Al fin don Eufrasio vino en mi ayuda: levantó la pesada tapa y me dejó á mis anchas recorrer aquel paraíso fantástico, museo de todos los portentos, iconoteca de insectos, donde se ostentaban en tamaño natural, pintados con todos los brillantes colores con que los pintó Naturaleza, la turbamulta de flores aladas, que son para el hombre insectos, para mí ángeles, ninfas, dríadas, genios de lagos y arroyos, fuentes y bosques. Recorrí ansiosa, embriagada con tanta luz y tantos colores, aquellas soberbias láminas, donde la fantasía veía á montones argumentos para mil poemas: el corazón me decía “más allá”; esperaba ver algo que excediera á toda aquella orgía de tintas vivas, dulces ó brillantes. ¡Llegué por fin al tratado de las moscas! El autor les había consagrado toda la atención y esmero que merecen: muchas páginas hablaban de su forma, vida y costumbres; muchas láminas presentaban figuras de todas las clases y familias.